Marat-Sade

Luis Luque presenta en el Matadero una versión espectacularizada de la obra de Peter Weiss, con una clara pátina pop

Foto de Jesús Ugalde

Si uno de los hitos teatrales del siglo XX se quiere seguir representando para lograr significancia en el público contemporáneo, y asumir las resonancias sobre luchas que hoy, de formas mucho más sofisticadas, siguen vigentes; entonces es muy conveniente apostar por otras vetas estéticas. Eso ha pretendido Luis Luque con suficiente riesgo; lo que nos deja como resultado un balance positivo y satisfactorio. Primeramente, hay que destacar la escenografía que ha ideado Monica Boromello para la sala Fernando Arrabal del Matadero. El sanatorio más limpio jamás imaginado, tan moderno como pulcro; aunque no se vean, uno podría imaginarse cámaras vigilándolo todo. Es una diafanidad tan gigantesca que, en ocasiones, cuesta llenarla a pesar del extenso elenco. Posee una luminosidad (David Hortelano potencia la blancura torticera) que redunda en una asepsia que va más allá de lo aparente ―como veremos―. La bañera de Marat ocupa el centro como el sarcófago (dispuesto para devorar esa insoportable dermatitis seborreica) donde se hospeda el «amigo del pueblo». En esa geometrización, otro prisma se alza al fondo como un dios de la razón en el que se plasman las impactantes e ilustrativas proyecciones de Bruno Praena. Creo que lo más sugerente de todo el montaje es la música de Luis Miguel Cobo y la interpretación que de ella realizan los cuatro cantores, la banda de rock, con la compacta y lisérgica coreografía de Sharon Fridman. Sigue leyendo

Cuando deje de llover

Julián Fuentes dirige esta obra de Andrew Bovell que rezuma realismo mágico y enseñanzas familiares

deje_llover_escena_03bajaNo solo heredamos unos genes con una información muy precisa de nuestros ancestros, sino que además debemos cargar con la noción de raíz allá donde vayamos. El suelo, el cuadrilátero rodeado por las gradas de espectadores, configura un territorio humano determinado por el árbol genealógico y la peculiaridad de sus ramas: unas florecientes y alguna que otra putrefacta y pendiente de poda. Cuando deje de llover comienza con todos los personajes intentando escapar de la lluvia, pero la tromba es incesante y los paraguas chocan entre sí. En ellos se condensa el tiempo en un espacio indeterminado. Un aquí y un ahora, un aleph borgiano. Todos viven enlazados por las acciones directas de sus antepasados. Conocemos a dos familias, principalmente, en diferentes momentos de sus vidas. También los destinos de sus hijos. Desde 1959 a 2039. Huele a realismo mágico cuando un pescado cae de improviso del cielo (en el futuro apocalíptico y diluviante que se avecina la extrañeza estará en la propia existencia de los peces). Rezuma a Cien años de soledad mientras los York y los Law discurren acompañados de sus fantasmas. En un baile de analepsis y prolepsis, saltamos del futuro al pasado con paradas intermitentes en nuestra época. Los personajes se manifiestan en sus miedos y ambiciones con un lenguaje intencionadamente redundante y que pretende establecer una cohesión textual con cada una de las piezas. Es precisamente en el lenguaje donde vamos configurando la trama discontinua, donde vamos encajando cada una de las teselas. La ausencia, la memoria y la nostalgia se citan en los diálogos de cada fragmento. Desde Londres viaja Henry Law, interpretado por Pepe Ocio, hacia Australia para dejar atrás su oscura perversión. Años después, su hijo, Gabriel Law irá en su busca y allí se encontrará con Gabrielle York. Únicamente es el tronco en el que se engarzan las demás ramas de formas muy diversas. Sigue leyendo