A fuego

Pablo Macho Otero la emprende en solitario y en verso para discurrir sobre asuntos trillados de metateatro y autoficción

Enfrentarse en solitario a través de un proyecto personal a un público ¿exigente? no es sencillo. Esto vaya por delante. Pero lo que se plantea no deja de ser un bululú que nos va a contar un relato con poco, poquísimo argumento, y que, para ser ¿moderno? recurre al marchamo machacón y reiterativo del metateatro y la autoficción. Hartazgo máximo. Que se exponga el asunto hoy en verso no es demasiado original. Proyectos como Páncreas, de Patxi Tellería o la recuperación de Decadencia, de Berkoff, volvieron a los modos de antaño. Por otra parte, siento que nuestro protagonista tampoco es que se haya afanado con una versificación demasiado sugerente. Tanta rima consonante acaba por sonar a ripio concatenado, por no decir que forzar tanto la susodicha rima para lograr la gracia nos lleva a escuchar algunas combinaciones sonrojantes: «Puedo comerme un coño y una polla. / Puedo tortilla con y sin cebolla».

Pablo Macho Otero se presenta ante una mesa negra y durante cincuenta minutos largos nos ilustra sobre el hecho consabido de que autor no es lo mismo que narrador y que escritor (y todas esas variaciones Barthianas). La crítica literaria de toda la centuria pasada ha reflexionado sobre ello; sin embargo, nosotros hemos visto romper la cuarta pared cada dos por tres en las últimas décadas («que yo soy solo el actor / pero él es quien ha escrito / este texto que os recito»). Unamuno y Pirandello se abrazan cervantinamente para auspiciar ese juego ficcional que ya no sorprende a nadie. Por eso, me parece que este montaje tiene bastante de lección teatral para adolescentes, que tan imbuidos en su mundo virtual pueden aún cautivarse con esta magia tan carnal. Así, prólogo ─bien extenso─ y epílogo enmarcan didácticamente el texto. El intérprete trabaja desde la pausa, con una declamación suave y marcada para que todo se entienda; aunque, también, para que el ritmo no obtenga un dinamismo que en varios momentos se reclama. Si además seguimos considerando que el rap es un estilo musical destinado todavía hoy para los jóvenes, tendremos la oportunidad de oír uno básico, de esos que tienen una base expedita.

El tema al que somos convocados es la búsqueda angustiosa de la notoriedad. Ser elevado aquí sobre los demás y ser recordado cuando ya no se esté. Objetivo de cualquier artista posromántico que se precie y cualquier mercachifle que nos quiera vender la moto. ¿Qué hacer para obtenerlo? En los artistas es tan «fácil» como crear una gran obra de arte. En el resto, acometer alguna machada, alguna heroicidad o, en nuestra época, quizás, alguna chorrada descomunal que te convierta en viral, la mejor forma de conseguir esos minutos wharholianos de soberana estulticia. O contemplemos qué está ocurriendo con Luigi Mangione. «De sed de ser será de lo que hable». En la antigüedad ─y aquí viene el hito a seguir─, un tal Eróstrato quemó el Templo de Artemisa, en Éfeso, allá por el siglo IV a. n. e. Esto le permitió alcanzar la fama y por ello mismo realizó tal tropelía. Y así enlazamos con las llamas de Notre Dame en aquel 15 de abril del 2019 parisino. No diré más, para no destripar un meollo que se ventila en un pispás, en modo Kase O. con alguna frase de lo más persuasiva: «Soy Piero Manzoni y tú mi shit can, sí ya / sé que quieres feedback de tu six pack». De cualquier manera, su ensoñación no adquiere un desarrollo. Por ejemplo, hace unos meses Anna Serrano Gatell dirigía el texto de Molly Taylor, Cacophony, donde una joven se convertía en famosísima en las redes a partir de una mentira. El caso se llevaba hasta sus últimas consecuencias. No obstante, Macho Otero se va por los cerros de Úbeda con demasiados aspectos accesorios, que tienen su valía, como esos diálogos con el autor, o sea, consigo mismo. A pesar de ello, no reconduce el asunto con pericia, pues nos adentra en el caos de sus poemas. Quizás se necesita la astucia de alguien como El Brujo, referencia que aquí resulta ineludible.

No negaré versos ingeniosos, ni que el intérprete se muestra cómodamente en su artefacto. Pero estamos en el 2025 y parece que él mismo cae en el vicio de nuestra contemporaneidad milenial: el eterno presentismo de la nada. Es decir, considerar que el pasado no existe y que todo es novedad. Convengamos que esto de A fuego requiere de un par de vueltas para que los que contamos ya con algunos años y algunas lecturas no descubramos un ejercicio actoral tantas veces exprimido.

A fuego

Texto: Pablo Macho Otero

Dirección: Emma Arquillué y Pablo Macho Otero

Reparto: Pablo Macho Otero

Escenografía: Yaiza Ares

Diseño sonoro: Gerard Vidal Barrena

Diseño de movimiento: Oriol Pla

Iluminación: La Bella Otero

Ayudante de dirección: Eudald Font

Mirada externa: Jordi Oriol

Producción ejecutiva: Emma Arquillué

Producción: La Bella Otero y Mola Produccions

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 4 de mayo de 2025

Calificación: ♦♦

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