Manuela Infante desarrolla una performance tediosa en el Teatro María Guerrero sobre una antropóloga forense

En el anterior proyecto que pudimos contemplar de Manuela Infante (Cómo convertirse en piedra) quedaron ya patentes ciertos conceptos que resultaban inasibles en su despliegue. Este aspecto se potencia sumamente en esta nueva pieza y no tenemos más remedio que soportar un gran hastío. Me cuesta pensar en víctimas de la dictadura chilena, en cientos y cientos de desaparecidos después de ver esta función. Nada que comparable, por ejemplo, con trabajos como Villa, de Guillermo Calderón. Si nos fijamos en la parte final, una vez la actriz parece transformarse en una médium, en alguien que recibe voces de ultratumba, entonces apenas asumimos el dolor de los represaliados. Escuchamos las narraciones de seres que ni siquiera están engarzados en un relato sobre una familia, con una chica conocida como Jovina y un perro, Panki. Si este es el momento más acuciante y sustancial, deberemos renunciar a cualquier comprensión posible de algo concreto. No se aspira a que sepamos su historia con sus detalles, ni a vincularnos empáticamente con ella. Sigue leyendo

Resulta muy desconcertante esta pieza en los inicios. Uno se siente sin asidero posible en la lentitud de esos individuos que cargan sobre sí a muñecos que visten como ellos, como un doble, como un muerto viviente y su espíritu a punto de salir hacia el cielo. No deja de ser una visión, a la postre, de unos mineros y su entorno, petrificados bajo la lápida, intoxicados, enverdecidos por el cobre que se debe extraer. Pero hasta llegar a esto, la deriva es fantasmagórica, cuasi surrealista, una ensoñación marciana de la que debemos atar cabos. Y eso el espectador lo logra justo en los últimos quince minutos, cuando el montaje cobra gran sentido y hasta grandiosidad conceptual; porque se adentra muy valiosamente en un teatro social sui géneris.