El jurado

Un montaje, repleto de ritmo, muestra las disquisiciones morales de los ciudadanos que configuran un jurado popular

Foto de Luis Castilla
Foto de Luis Castilla

Acudir a una función como El jurado con prejuicios lógicos sobre este tipo de obras, ya se sabe ─aparición de todos los tópicos y prototipos de nuestra sociedad con un fin claramente aleccionador acerca del papel de la justicia─ y salir no ya solo satisfecho de su habilidad y agilidad, sino reconfortado con que, desde ciertas perspectivas, todo es aún peor. Acotando la obra dentro de un contexto que se circunscribe a lo judicial, al entramado que se conduce a través de dilemas (en apariencia), que se pretende realista y hasta racionalista, se exprime virtuosamente tanto en el propio texto como en la dramaturgia que ha dispuesto su director Andrés Lima. No es fácil escribir un caso que como tal no se expone ─al menos de forma concisa─ y, a la vez, trazar unos diálogos en los que se dibuja un recorrido donde cada sesgo cognitivo y cada pecado oculto de los nueve participantes en el jurado, es una quiebra por la que el interfecto (desde luego, no presente) pasa de presunto culpable a presunto inocente y a no se sabe qué más. Conseguir esto sin caer en lo demagógico es verdaderamente complicado, máxime cuando debes proponer un acto teatral que persuada al respetable, es decir, debe contener personajes que sean difusos en el estereotipo (sin estereotipos no se puede construir un thriller así). Por eso, Luis Felipe Blasco Vilches (de quien recordamos su obra política El encuentro) ha situado a unos tipos que si bien ocupan un lugar dentro de la variedad social de nuestra época, se manifiestan en una línea de cinismo que va desde la plena vastedad, hasta la torticera manipulación, pasando por la inocente ignorancia de quien repite lo que ha escuchado a alguien en otro lugar. Sigue leyendo

El encuentro

Después de 37 años se recrea el trascendental encuentro entre Suárez y Carrillo evitando todo desliz panfletario

A1-33888719.JPGEl domingo 27 de febrero de 1977 se reunieron en la finca del periodista José Mario Armero dos líderes antagónicos puestos ahí por la historia (no desde luego por ningún pueblo). Enfrentados bajo tintes pugilísticos, la Sala Pequeña del Teatro Español acoge a un Santiago Carrillo bronco, temeroso y hasta chulesco (muy alejado de la imagen que la gente más joven de este país tenía de él cuando se le escuchaba en los micrófonos de la SER por las tardes en una tertulia) que un actor como Eduardo Velasco perfila sin caricaturización, apostando por una especie de seguridad dubitativa muy apoyada en los gestos de los brazos, en la mirada y, sobre todo, en las pausas. Al otro lado del cuadrilátero, iluminado por los brillos del coñac, José Manuel Seda interpreta a un Suárez que por momentos pierde los nervios, que llega incluso a soltar palabrotas con su flequillo impertérrito y su sonrisa encantadora. Sigue leyendo