Mario Gas monta la célebre obra de Harold Pinter acerca de un inquietante sanatorio

¿No es, acaso, el fin que el mundo hiberne bajo los dictados de los poderosos? No hace falta ningún electroshock, vale con leves dosis de trending topic. Harold Pinter se imaginó una especie de cotolengo o un sanatorio (nada que ver con el de La montaña mágica) que recluyera a toda una serie de burócratas enfermos de su propia maquinaria. Invernadero es una especie de engranaje basado en el control que, auspiciado por la deshumanización del paciente (es designado únicamente a través de un sofisticado código numérico), produce la consiguiente reverberación en sus ejecutores. Nada más comenzar, Gonzalo de Castro, metamorfoseado en el Director Roote, un antiguo militar, desconoce — mientras reclama furibundamente observancia— que uno de los internos ha muerto y que, además, él mismo ha firmado el acta de defunción. Por si esto fuera poco, una mujer ha parido en la propia institución, siendo esta una casquivana conocida por todos (de la que tampoco parece tener noticia). Ambos hechos resultan inéditos. Ahí comienza el discurso paradójico que Gonzalo de Castro emprende con firmeza y enorme vis cómica (un humor inglés pavoroso que, ciertamente, no embelesa a todo el personal), y que arrastrará hasta el final de la obra desencadenando diversas subtramas. Su claro antagonista, Tristán Ulloa, Gibbs, se planta simultáneamente como mano derecha y, de forma torticera, como candidato al puesto de máxima responsabilidad; un ser ordenado, diligente y estrictamente cáustico que va trenzando su maléfico plan entre los efluvios de un ambiente cínico. Sigue leyendo
