El dramaturgo Pablo Rosal continúa su andadura sobre conceptos como la incomunicación y el cuestionamiento existencial

Pablo Rosal, insistiré una vez más, ha creado toda una estética, y una política, y una ética, diría, con sus planteamientos dramatúrgicos. Quizás, como ocurre en este caso, algunas de sus obras únicamente sirven como ejercicios, como ejemplos o teselas de un planteamiento superior que merece ser auscultado. Hablamos de una filosofía del asombro, del absurdo, de observar en las rendijas y en la sencillez de la vida. Sigue leyendo
Vivimos en una época de reconstrucción y desmontaje, de revisión y de ataque. Acciones que pueden ser nobles y que pueden traernos a la memoria tropelías que se hayan cometido contra las mujeres. Varias de ellas han caído en eso que se denomina efecto Matilda. Algo de esto puede haber en el caso que nos ocupa. 
Que en una obra teatro se desarrolle el tema de la angustia existencial, de ese proceso de vaciamiento, de desorientación y que no se trate desde el consabido punto psicoterapéutico, ya me parece razón suficiente para atenderla. Alonso, nuestro protagonista, acogido con certera pesadumbre veteada con destellos de esperanza por Carlos Algaba, ha decidido marcharse de Madrid para recalar en Whitehorse, una pequeña ciudad de Canadá, cercana al golfo de Alaska. Es preferible no imaginar el frío de aquel lugar. No convence como destino idóneo para una españolito, para este joven maestro, con unos ocho años de experiencia. 

El dramaturgo Juan Carlos Rubio se ha buscado la vida para darle un marchamo cinematográfico a cada frase de este texto. Todo pensamiento, toda mirada, toda incursión por los pasillos y estancias del piso poseen su correlato, su glosa, fílmica. Estaremos de acuerdo que ahí está la ingeniosidad del montaje; pero que no deja de ser una carcasa para un argumento insignificante y endeble. Algo muy de andar por casa, que no incide en el drama de una madre sometida por el síndrome del nido vacío. No hay más que observar el espectáculo protagonizado el año pasado por Aitana Sánchez Gijón, de título
El mundo se ha vuelto tan complejo que bosquejar al proletariado como si nos avanzaran un futuro encadenante desde un pasado orwelliano resulta insuficiente. Quiero decir que estos riders, estos mensajeros que exprimen la energía joven de sus piernas, como Sísifos en ese engranaje kafkiano e inasible, son ellos mismos consumidores en su microclase, no son unos vagabundos ajenos a las dinámicas simbólicas, son esclavos que portan logotipos, fetiches de cartón piedra en el cosmos low cost, donde quien más y quien menos se da un capricho para resignificarse de alguna forma frente a los demás o contra el espejo donde nos reflejamos.
Si una propuesta va de una familia de cómicos, de payasos, de juglares, y no aborda estrictamente su periplo vital, entonces, de qué va. Pues de la esencia genuina de estos aviesos seres que cruzan la historia de las sociedades, en esa situación de marginalidad, de apuntalamiento cínico en la grieta, de vagabundeo entre la melancolía y la irrisión, de estar sin estar mientras el mundo se vuelve loco. Los bufones surcan el tiempo más allá del bien y el mal. Privilegiados en su precariedad. Por esto mismo, el planteamiento de este espectáculo es tan coherente. Porque poseer un firme argumento sería transgredir su pertinacia.