Dionisio Ridruejo. Una pasión española

Ernesto Arias brilla con su actuación en la obra Dionisio Ridruejo. Una pasión española

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Ante una enfermedad como el franquismo tan solo se pueden procurar tres soluciones: el desarrollo de antibióticos, el padecimiento de la locura o la adaptación al medio (ya sea desde la hipocresía o desde el sincero arrepentimiento). La obra de Ignacio Amestoy reproduce en una cancha de baloncesto el día que muere Dionisio Ridruejo (29 de junio de 1975), la lucha alegórica entre la juventud que quiere pasar página desde la apuesta por las libertades (el antibiótico) y un pobre ‘esquizofrénico’ atormentado por no haber dado un paso al frente ante tanta desdicha, un compañero de Ridruejo en la División Azul en aquellas estepas rusas. Estos militares, a su vez, recluidos en una residencia, serán arbitrados por un general que chilla con orgullo los estertores del Movimiento y que indefectiblemente engrosará las filas de todos aquellos que se adaptaron al medio. Ya sabemos que en 1978 desaparecieron los afectos al régimen, si acaso sobrevivieron algunos nostálgicos que supieron agitar sus banderas con pericia los 20 N. Sigue leyendo

Dalí versus Picasso

Una arrabalada con genios. Picasso y Dalí se retan escénicamente en la última creación de Fernando Arrabal

dalivspicasso_escena_23En la imaginación de un niño mayor, de un jugador profesional, de un bromista sometido por sus propios complejos, se manipula cual marionetas a los pintores más célebres del siglo XX, nacidos en España y referentes de mundos tan antagónicos y cercanos como sus obsesiones, su labor pictórica o su afán por el dinero; modernos y carpetovetónicos a partes iguales, dos egos para la discusión, amamantados por sus musas. Eso es lo que hace, en esta ocasión, Fernando Arrabal. Estamos en París. Estamos en 1937. Estamos con Picasso y ha llegado Dalí. Unos lienzos girados. Unos raíles sorpresivos que conducen objetos, animales, Construcción blanda con judías hervidas (el famoso cuadro de Salvador Dalí que había pintado un año antes y que debe confrontar con el Guernica y con su propio autor). También están las judías hervidas frente a los espectadores, dentro de una olla, bien calientes, humeantes, olorosas. Son degustadas por los artistas como píldoras que los proyectan al trance de su devenir. Se cruzan las Españas, la tozudez de Picasso, el ramalazo de Dalí, los cuchillos de Dora Maar —de la que únicamente escuchamos su voz— que tan solo consiguen atemorizar por un momento al genio de Málaga; se cruzan, también, las ambiciones monetarias, las discrepancias interpretativas, Barrabal, un geniecillo que los pone a bailar en danza ritual y que los vapulea a su antojo, y la Guerra Civil, como un paisaje lejano que ellos observan en la prudente distancia de unos aburguesados. Sigue leyendo