El jurado

Un montaje, repleto de ritmo, muestra las disquisiciones morales de los ciudadanos que configuran un jurado popular

Foto de Luis Castilla
Foto de Luis Castilla

Acudir a una función como El jurado con prejuicios lógicos sobre este tipo de obras, ya se sabe ─aparición de todos los tópicos y prototipos de nuestra sociedad con un fin claramente aleccionador acerca del papel de la justicia─ y salir no ya solo satisfecho de su habilidad y agilidad, sino reconfortado con que, desde ciertas perspectivas, todo es aún peor. Acotando la obra dentro de un contexto que se circunscribe a lo judicial, al entramado que se conduce a través de dilemas (en apariencia), que se pretende realista y hasta racionalista, se exprime virtuosamente tanto en el propio texto como en la dramaturgia que ha dispuesto su director Andrés Lima. No es fácil escribir un caso que como tal no se expone ─al menos de forma concisa─ y, a la vez, trazar unos diálogos en los que se dibuja un recorrido donde cada sesgo cognitivo y cada pecado oculto de los nueve participantes en el jurado, es una quiebra por la que el interfecto (desde luego, no presente) pasa de presunto culpable a presunto inocente y a no se sabe qué más. Conseguir esto sin caer en lo demagógico es verdaderamente complicado, máxime cuando debes proponer un acto teatral que persuada al respetable, es decir, debe contener personajes que sean difusos en el estereotipo (sin estereotipos no se puede construir un thriller así). Por eso, Luis Felipe Blasco Vilches (de quien recordamos su obra política El encuentro) ha situado a unos tipos que si bien ocupan un lugar dentro de la variedad social de nuestra época, se manifiestan en una línea de cinismo que va desde la plena vastedad, hasta la torticera manipulación, pasando por la inocente ignorancia de quien repite lo que ha escuchado a alguien en otro lugar. Sigue leyendo