Tom en la granja

Un thriller, en el que la homofobia dentro del ámbito rural juega un papel preponderante en el devenir de sus protagonistas

Tom en la granja - FotoEl enfant terrible del cine canadiense, Xavier Dolan, reciente ganador del Gran Premio del Jurado en Cannes por Solo el fin del mundo (otra adaptación teatral), llevó a la pantalla Tom à la ferme (Tom en la granja) en 2013. Es, con seguridad, su cinta más floja de toda su filmografía y en la que desparecen parte de sus señas de identidad estéticas, aun así, es una referencia muy valiosa ─por las intervenciones sobre el guion que realiza─ para valorar esta muestra que nos llega de la mano de Enio Mejía. Tom es un publicitario que llega a la granja en la que viven la madre y el hermano de su difunto novio, al que enterrarán al día siguiente. Cada uno de los personajes cuenta, a priori, con unos objetivos concretos. Inicialmente, el protagonista nos sorprende monologando, algo que repetirá a lo largo de la obra de forma desigual, incluso delante del resto, pero no como un aparte sino como una expresión de sus sentimientos o percepciones. Ese tipo de expresiones son de dos clases. Unas son descripciones. Siempre me han parecido un tanto ridículas las introspecciones que describen como lo hacen los novelistas: «Mantequilla. Mantequilla en la mesa. Una mancha. Amarilla, sucia, blanda. No puedo quitar mis ojos de ella», hecho auténticamente antiteatral; además, ¿quién piensa de esa manera? En otro cariz muy distinto está la introspección reflexiva que evoca situaciones pasadas: «Te imagino cuando eras pequeño. Intentando trepar por la encimera del fregadero», que, aunque deberían formar parte de la actuación, de sus emociones en los gestos o en la comunicación, pueden ser aceptables (Dolan directamente no contó con este recurso). Sigue leyendo →

Canícula

Vicente Colomar presenta en la Cuarta Pared su peculiar visión de la familia y sus aprisionadoras redes

Canícula - FotoLas cadenas familiares a veces constriñen a sus miembros de tal manera, que cualquier concepción de la libertad queda pospuesta hasta que algún acontecimiento inesperado abra la espita pandórica. Al principio contamos con tres hermanos sentados en su sofá: el pequeño es Juan Antonio Lumbreras, alguien capaz de hablar a la velocidad del rayo y dejar estupefactos a los espectadores con su discurso displicente, él solo quiere «vacaciones»; el de en medio, Antonio Gómez, más dubitativo, va tomando posiciones según avanza la función hasta alzarse con la decisión definitiva; y el hermano mayor, Rulo Pardo, lleva la voz cantante desde ese principio fulgurante, con ese tono casposo y esas ropas horteras (el chándal de Lumbreras y los mocasines de los tres, sin desperdicio), ochenteras (es una obra bastante chunga en la estética masculina), con esas reiteraciones y quejas: «Hace un sol de justicia». «De justicia, sí». «Sí, de justicia» (premonitorio entre la canícula). Luego, Rulo Pardo se lleva el protagonismo de una escena extravagante, alzándose como un franquista henchido de españolidad y espíritu carpetovetónico que rompe la dinámica de la obra y la lleva hacia un terreno psicótico que parece un tanto viejo y poco creíble, si no se acepta que estamos en décadas anteriores. Sigue leyendo →