La autoficción de Falk Richter insiste en la indagación de los tabúes que conformaron a su familia tras la segunda guerra mundial

Nos situamos ya en el segundo cuarto del siglo XXI, pero las autoficciones teatrales no paran de golpearnos con su egotismo. Por si fuera poco, la homosexualidad como tema en sí mismo, como relato de padecimiento, se antoja repetitivo. Desde luego que es importante tratarlo, pero entendamos que los homosexuales tienen vida más allá de su identidad. Quizás, de todas formas, nos faltan historias de lesbianas. Convendrán ustedes en que el «yo gay» masculino es omnipresente. Solo sé que Edward Louis ya me dejó saturado en la indagación tan meticulosa de su privacidad con sus proyectos: Para acabar con Eddy Bellegueule, Lucha y metamorfosis de una mujer o Quién mató a mi padre. Sigue leyendo