El arquitecto y el emperador de Asiria

Pese al esfuerzo de Corina Fiorillo en la dirección, el espectador se agota a la media hora. El resto es pura repetición

Foto de Carlos Furman
Foto de Carlos Furman

La temporada anterior se valoró muy positivamente en este diario la última obra de Fernando Arrabal, Pingüinas, tanto por el despliegue espectacular como por la originalidad del texto. En esta ocasión, con El arquitecto y el emperador de Asiria, una obra que se recupera tras casi cincuenta años, no se puede afirmar que su pretendida procacidad y su insistente afán provocativo sean capaces de suscitar en el espectador de hoy la agitación de entonces. Volvemos a contemplar sobre el escenario los temas predilectos del teatro pánico arrabaliano, pero mientras que en el inicio uno puede quedar estupefacto ante la incomprensión y ante el desparpajo de dos seres deslavazados, luego se cae en una reiteración inocua. Las interpretaciones acerca del cometido de los dos protagonistas han sido variadas. Por un lado está el autonombrado Emperador de Asiria, un déspota que parece haber caído de un avión a una isla prácticamente desierta. Fernando Albizu vuelve a desplegar esas dotes para moverse por el escenario con la comodidad de alguien absolutamente seguro de lo que quiere interpretar. No hace falta más que recordar su actuación en la fallida Trágala, Trágala de hace unos meses, para comprobar hasta qué punto implementa con sus capacidades textos inconsecuentes. Sigue leyendo