La fiesta del Chivo

Juan Echanove y Lucía Quintana se ponen al frente de esta adaptación de la conocida novela de Mario Vargas Llosa

La novela de Mario Vargas Llosa, una de las buenas; aunque no de las mejores, no es complaciente con el hecho histórico que pretende criticar y desbrozar. La adaptación de Natalio Grueso, sí lo es. El objetivo parece inequívoco: entregarle al público la versión teatral de la obra de un Nobel, despojándola de la complejidad literaria (un manejo del tiempo en constante vaivén, tramas que se entreveran, personajes dibujados hasta el mínimo pormenor, una riqueza léxica inconmensurable y una tensión sostenida que va desde lo íntimo al acontecimiento trágico y político) y construyendo un texto cargado de explicaciones antidramáticas. Cada escena parece una lección de historia sobre la República Dominicana y la dictadura de Trujillo. Enseguida nos damos cuenta de que el versionista ha decidido cargarse uno de los hilos conductores, aquel que va desentrañando el atentado que algunos conspiradores organizaron para acabar con El Jefe (este aspecto se resuelve desastrosamente con unas imágenes que casi son un pim pam pum sin importancia). Así que todo se centra en Urania, la hija de Cerebrito, el senador Agustín Cabral (hombre de confianza en el trujillato). Lucía Quintana tiene la difícil papeleta de representar a la mujer madura que regresa a Santo Domingo ―ella hace tiempo que se ha exiliado a Estados Unidos, para desarrollar una exitosa carrera profesional―, a encararse con su padre, con sus tías y con el pasado que inapelablemente ha determinado su torturada personalidad. Sigue leyendo

El coronel no tiene quien le escriba

Carlos Saura dirige esta versión de la famosa novela de Gabriel García Márquez que protagoniza Imanol Arias

Uno de los grandes atractivos de El coronel no tiene quien le escriba es el lenguaje propio de Gabriel García Márquez, quien ya en esta temprana novela es capaz de desplegar ―siquiera de una forma tan sintética que, a veces, se aproxima al poema en prosa― y, también, por su relación con su magna obra, Cien años de soledad (los vasos comunicantes son amplios, y los guiños en la adaptación de Natalio Grueso son varios). Ese lenguaje, insisto, está dominado por la descripción impresionista y por la capacidad para expresar cómo el tiempo se detiene en un transcurrir inasible. Por lo tanto, una cuestión esencial para llevarla a escena, es conseguir transmitir artísticamente (con las herramientas del arte dramático) sensaciones y conceptos parecidos. Esto es, paradójicamente, en lo que más falla el montaje de Carlos Saura. Quien no es solamente el director; sino, además, el responsable de la escenografía. Y esta, junto a la iluminación de Paco Belda, no están a la altura de lo que se presume en gente experimentada. Uno puede comprender que falta presupuesto y que el proyecto se debe adaptar a teatros de toda España; pero el ambiente que se genera a la vista del respetable, carece de solidez, de persuasión, de atractivo. Porque se queda a medias entre el naturalismo y la evocación; es decir, la cama, la mesa y otros adminículos son insuficientes, y los dibujos de la pantalla del fondo son tan naíf que parecen un relleno insolvente. Sigue leyendo