Pedro y el capitán

Un interrogatorio fatídico que nos remite al contexto de las dictaduras en el Cono sur

pedro-y-el-capitanComentaba Mario Benedetti cuando escribió esta obra que se preguntaba cómo alguien normal podía convertirse en un torturador. Aquí contamos con el susodicho torturador y con el torturado, con el militar y el militante comunista; aunque no se contextualice de forma expresa, nadie puede escapar al imaginario de las dictaduras argentina y uruguaya. Ambos actores se han esforzado en emular un acento que nos aproxime a esas latitudes. Pero volviendo a lo que apuntaba el poeta, no creo, primero, que ese tipo de individuos capaces de fustigar a un compatriota de tal manera sean, a priori, tipos normales, sino más bien seres predispuestos a ahondar en sus más viles instintos y con una amplia capacidad para aplacar su empatía. Mucho más interesante me parece indagar sobre la actitud de Pedro.

Al principio lo encontramos cubierto por una capucha de arpillera, murmurando en su inquietud. En un hecho casi insólito, aparece el capitán, José Emilio Vera con su bigote afilado y repeinado como aquellos que aspiran a la higiene moral, y se salta la fila de espectadores que aún aguardan a tomar asiento, pega un par de gritos secos, cesa la música, se apaga la luz y comienza su soliloquio remallado con el cinismo que atesoran los pobres empoderados. En ese primer acto, el intérprete (con ciertas similitudes a su papel en Addio del passato) establece un tono que le favorece y con el que consigue desplegar su chulería, su verborrea porteña, su argumentario falaz ante la sombra de la tortura que le espera a su víctima. Sigue leyendo