INLOCA

Matarile sobredimensiona su Trilogía de la fragilidad con un montaje destinado a la pausada interpretación postmontaje

INLOCA - Foto de Bárbara Sánchez Palomero
Foto de Bárbara Sánchez Palomero

A pesar de las malas sensaciones que me llevé con El diablo en la playa, primera parte de la Trilogía de la fragilidad, acepté que las visiones de Ana Vallés podían encontrar terrenos más fértiles. Desde mi punto de vista, no ha sido así; aunque las consideraciones son algo más positivas. INLOCA posee más sustancia y se propician acciones más sugerentes, y que uno puede recomponer en ese rizoma al que vamos abocados. No obstante, es porfiada la insistencia en el desparrame, en no querer acotar, en confiar en exceso en los hechos por sí mismos y, sobre todo, en el poder revelador de un corolario repleto de citas filosóficas. Sigue leyendo

El diablo en la playa

El Teatro de La Abadía se abre a la nueva propuesta performativa de Matarile sobre el caos y otros supuestos temas adyacentes

El diablo en el playa - FotoLas propuestas perfiladamente performativas o, al menos, posdramáticas, se fagocitan a sí mismas en la redundancia del acontecimiento en sí. Se imitan, se copian, se repiten, tanto los gestos como los exabruptos, tanto las ironías como los cripticismos. Alimentadas de un mismo humus centrípeto de evidencias que no, de clarividencias. Propuestas jibarizadas por un mundo que se performatiza insaciable desde ese otro mundo, el virtual, que infecta nuestra realidad y nos convierte en esputos que claman por su centro de atención. Ante tal panorama, uno espera algo; para no ser deglutido por el nihil. Si El diablo en la playa es la primera parte de la Trilogía de la fragilidad, hemos de pensar, inicialmente pues, que no se tratará de la fortaleza. Sigue leyendo

Circo de pulgas

La compañía Matarile presenta su nueva obra, un posdrama sobre los raros, los monstruos y los marginados

El tiempo pasa y aún seguimos con lo nuevo, con lo contemporáneo, y con lo moderno. Con la disyuntiva entre lo performativo y el texto. Pero a esto que llamamos posdrama habrá que ponerlo en su sitio de una vez, porque la fórmula está completamente desgastada o, más bien, la han desgastado la publicidad, Youtube, los memes y todas esas combinaciones de dadaístas que tanto nos entretienen mientras nos roban la cartera. El mundo es posdramático y los de Matarile pretenden seguir con esa estética encerrados en un teatro. Dura competencia. El problema, si somos lo suficientemente exigentes, es que esta forma de expresión escénica que se viene abalanzando hacia nosotros desde finales de los sesenta, en la onda del posmodernismo francés vive anquilosada en un esquema redundante. Y el esquema se viene esbozando desde las vanguardias históricas y en el ámbito español con La deshumanización del arte, de Ortega. Sigue leyendo