Marat-Sade

Luis Luque presenta en el Matadero una versión espectacularizada de la obra de Peter Weiss, con una clara pátina pop

Marat-Sade - Foto de Jesús Ugalde
Foto de Jesús Ugalde

Si uno de los hitos teatrales del siglo XX se quiere seguir representando para lograr significancia en el público contemporáneo, y asumir las resonancias sobre luchas que hoy, de formas mucho más sofisticadas, siguen vigentes; entonces es muy conveniente apostar por otras vetas estéticas. Eso ha pretendido Luis Luque con suficiente riesgo; lo que nos deja como resultado un balance positivo y satisfactorio. Primeramente, hay que destacar la escenografía que ha ideado Monica Boromello para la sala Fernando Arrabal del Matadero. El sanatorio más limpio jamás imaginado, tan moderno como pulcro; aunque no se vean, uno podría imaginarse cámaras vigilándolo todo. Es una diafanidad tan gigantesca que, en ocasiones, cuesta llenarla a pesar del extenso elenco. Posee una luminosidad (David Hortelano potencia la blancura torticera) que redunda en una asepsia que va más allá de lo aparente ―como veremos―. La bañera de Marat ocupa el centro como el sarcófago (dispuesto para devorar esa insoportable dermatitis seborreica) donde se hospeda el «amigo del pueblo». En esa geometrización, otro prisma se alza al fondo como un dios de la razón en el que se plasman las impactantes e ilustrativas proyecciones de Bruno Praena. Creo que lo más sugerente de todo el montaje es la música de Luis Miguel Cobo y la interpretación que de ella realizan los cuatro cantores, la banda de rock, con la compacta y lisérgica coreografía de Sharon Fridman. Sigue leyendo

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La mujer más fea del mundo

El monólogo estratosférico y desaforado de Ana Rujas construido con retazos biográficos sobre el peso de su belleza

Foto de Carlos Luque

Ana Rujas es objetivamente bella. Cualquier cerebro humano detectará ipso facto que su rostro es hermoso. La belleza es un valor; porque nos produce satisfacción (a veces enorme) y nos informa, además, de ciertas ventajas biológicas (si nos ponemos darwinistas). Pero llevar ese atractivo encima las veinticuatro horas del día puede suponer un agobio. Lo que nos encontramos en el ambigú de El Pavón Teatro Kamikaze es a una actriz desgañitándose para expulsar sus demonios, como una especie de personaje perfilado por Koltès; pero aderezado con aires pop. Dispuesta como una virgen sobre el altar, llorosa no por la muerte de ningún hijo, sino por estar ahogada en un vacío interior que la impide respirar, nos escruta. Que a continuación, una vez se ha desprendido de su atuendo y se ha colgado su camiseta (con mensajito de mamá, por supuesto) y su pantaloncito corto, tome a alguien del público porque necesita bailar, supone una acción que no encaja, que desde la frialdad y sin música parece un hecho con poco criterio. El resto es un discurso basado en su propia experiencia y en la de Bàrbara Mestanza, coautora del texto. Tirada en el suelo del cuarto de baño, en plena bajona, en pelotas y en un bloqueo profundo durante horas. Rujas saca toda su furia y lo da todo, y cuando su arenga tremebunda, cargada de palabrotas, con mucho «follar», «follar» y «follar», se aleja de lo que parece puramente biográfico y se diluye en una locura onírica y lisérgica repleta de ironía, autosarcasmo y patetismo nos encontramos con un desfase lógico y terrible en aquellos que se han adentrado por la vía disoluta. Sigue leyendo