Los esqueiters

Nao Albet y Marcel Borràs aúnan skate y filosofía en un breve espectáculo que carece de suficiente profundidad

A priori es una gran idea reunir en una obra teatral el mundo del skate y el de la filosofía. Principalmente por ser inédito y porque viene elaborado por una pareja de comediantes que se lo come y se lo guisa mucho, y de manera muy talentosa, como ya demostraron en Mammón. Pero en esta ocasión, Nao Albet y Marcel Borràs no han encontrado una conceptualización más madura sobre la cuestión, y han creado un espectáculo demasiado superficial. Si miramos más allá de las actuaciones puramente performativas, ya sean coreografías irónicas de unos tipos vestidos como Descartes o esas posturas ralentizadas que imitan trucos con el patín o la presencia de auténticos skaters deambulando por las tablas sin la posibilidad de ejecutar poco más que unos ollies o algún no comply (poco esfuerzo para esta gente). Si partimos del idealismo socrático ―defendido absolutamente por su discípulo Platón―, apoyado en que el conocimiento nos hace libres; y a esto le unimos la sensación de libertad que cualquier skater experimenta, ya tenemos la mezcla para tirar del carro. Partamos de que lo persuasivo de patinar sobre un monopatín ―en España se ha patinado mucho desde finales de los ochenta―, es que introducía un modo de vida entre la expresión artística, el deporte, una estética peculiar y, sobre todo, el tiempo en la calle, entre el vandalismo y el vagabundeo que desea exprimir la ciudad y sus adminículos de otra manera. Destrozar bancos, saltar por unas escaleras, grindar en barandillas, buscar soportales y pasadizos en los inviernos lluviosos. Sigue leyendo