La soledad del paseador de perros

De cómo una mujer emprende un viaje hacia la liberación que requiere el desamor

La soledad - FotoEs muy sugerente seguir la progresión de una joven dramaturga como María Velasco (Burgos, 1984). Cuando la temporada anterior disfrutamos en Líbrate de las cosas hermosas que te deseo de su manejo de diferentes lenguajes, del riesgo de su expresión y de una historia que se entreveraba con su biografía, se atisbaban mimbres de gran creadora. Pero lo que nos hemos encontrado con La soledad del paseador de perros es un círculo vicioso de redundancias. Es una performance donde la propia escritora se introduce como protagonista, como narradora, como sufriente hasta la desnudez y la exposición pura de su dolor, igual que una performer que se autoinflige la liturgia de su propio quiste. María Velasco esputa su desamor con el recuerdo de un sentimiento ahora inasible y del papel que uno ocupa cuando el diálogo no tiende al equilibrio sino a la destrucción. De acuerdo. ¿Pero cómo llevar la hecatombe de ese tráfago romántico? Pues con un exceso de poema narrativo, de proclama activista, de barroquizante decálogo de enorgullecimiento expiatorio y, sobre todo, de reverberación infinita sobre lo mismo como en un rito inacabable. Serviría, supongo, de ejemplo de narraturgia (como la define Sanchis Sinisterra), pero entonces lo teatral se aleja del espectador como el oyente que escucha recitar poemas de los novísimos en sus tiempos de esplendor. Las evocaciones se pierden, los símbolos se tornan inanes y la comunión entre ese supuesto público avezado y la sacerdotisa en pleno conjuro, se disuelve. Sigue leyendo