Querido capricho

Tomás Pozzi despliega todas sus capacidades artísticas para meterse en la piel de Amanda, una mujer rota de amor

Foto de Luz Soria

La palabra ‘capricho’, ya desde su etimología italiana, está relacionada con el ‘escalofrío’, con la ‘idea nueva y extraña’ y el ‘antojo’; pero también con la obra de arte que rompe las reglas. Posee, por tanto, esta propuesta que nos enseña Tomás Cabané, un hálito de libérrimo juego que entronca con esa función primordial de la fantasía y de la imaginación, que es permitirnos escapar de la zozobra existencial. Y, además, como un pastelito, bien envuelto con esas capas metateatrales que no pueden faltar; porque parecen de obligado cumplimiento en las dramaturgias contemporáneas. Aunque, ante todo, cuesta mucho pensar en otro intérprete que no sea Tomás Pozzi haciendo este papel. Es fácil descubrir sus exageraciones ―es argentino, ¡qué esperábamos!―, esa comicidad que arrastra en su propia expresión genuina; pero logra un punto de complejidad emotiva, de candor visual, de expresividad corporal con sus movimientos eléctricos y «escalofriantes» de amante sufriente que uno queda fascinado por tamaña actuación. Es una bestia escénica, y eso es innegable ―ya lo afirmé cuando lo vi por primera vez en Cuestión de altura―. La función va de fuera adentro, del Tomás, a lo mejor, él mismo o, un tipo similar que se encierra en su casa y que fabula, en su soledad con la historia de una mujer madura abandonada por un hombre más joven. Sigue leyendo