Rita

Carlos Hipólito y Mapi Sagaseta sondean el tema de la eutanasia a través de una comedia amable firmada por Marta Buchaca

Foto de Javier Naval

Para tener tan cerca la disputa sobre la eutanasia, esta obra se presume tan timorata como anticuada. Enormemente prejuiciosa, en el sentido de comportarse como el tiburón que da vueltas alrededor de la sanguinolenta presa y despreciar la dentellada alimenticia. Rita es de esas comedias que terminan por obviar el meollo de la cuestión, no porque le exijamos una respuesta concluyente; sino porque la materia posee mayor hondura que la expresada en el texto de Marta Buchaca. Y es que la dramaturga, parece que ha pensado más en el entretenimiento del respetable y no ha querido agobiarlo con cuitas morales de mayor calado. La liviandad en los diálogos nos hace deambular por intimidades corrientes de dos hermanos que se sitúan ante dos hechos acuciantes, las dos Ritas van a zanjar sus vidas. El asunto es que una es perra y la otra madre, una va a ser sacrificada con una inyección para ahorrarle el ensañamiento de su padecer; y la otra va a tener que esperar a que el Alzheimer la consuma hasta el estertor, mientras el olvido apacigua el sufrimiento, y los humanos se regocijan con su firmeza ética. Algo más de diez escenas fulgurantes en el ritmo y en el proceso, con diálogos ágiles; pero que soslayan con humor casi blanco e inofensivo cualquier debate profundo. Nada que tenga que ver, por ejemplo, con el antiespecismo que poco a poco va permeando en más capas de nuestra sociedad. Sin ir más lejos, estas semanas se ha planteado el «controvertido» hecho de que una sustancia extraída de los tiburones (el escualeno) sirve para hacer las vacunas. ¿Valen más los tiburones que los humanos? Cada uno que responda, con la que está cayendo. O, en su momento, cuando el caso del ébola y el perro Excalibur. Rita es naíf en todos estos aspectos y solo está destinada al divertimento y a que sus intérpretes demuestren sus sobradas aptitudes. Sigue leyendo