Cinco horas con Mario

Lola Herrera mantiene el pulso y la energía en una vuelta a las tablas con la célebre obra de Delibes

Cinco horas con Mario - FotoSurgen tantas preguntas sobre cómo digerir esta célebre representación que lleva tanto tiempo realizando Lola Herrera, que uno al final debe optar (o no) entre una serie de puntos de vista. Primeramente, hemos de tomar el espectáculo como una especie de recreación realizada por la misma actriz, pero en un sentido arqueológico, en un atisbo de homenaje hacia el personaje que ella misma creó sobre la protagonista de Miguel Delibes. Evidentemente, por mucha peluca que le pongan y por muy buen aspecto que presente la Herrera, la persona que nos encontramos delante no puede tener cuarenta y cuatro años por mucho que fueran los de aquella época. Otro aspecto a tener en cuenta es que obviemos el hecho de que la escenografía se ha quedado más que obsoleta y que en una deriva más naturalista se muestra anticuada respecto al montaje de los años ochenta donde la presencia de los tonos morados patentizaba más la muerte; ahora, incluso, la iluminación es excesiva y demasiado general. Dicho todo esto, también es cierto que la expresión del monólogo es distinta. Es imposible tomarse lo que afirma con la misma seriedad que en otros tiempos. Me sorprendió ─y es algo de lo que me gustaría obtener respuesta─ que hiciera tanta gracia. ¿En qué año comenzaron las risas? ¿En qué proporción han aumentado transcurridas las temporadas? Por momentos parece el Club de la Comedia. Aquello que relata nos parece tan exagerado hoy…, esos comentarios sobre los negros, sobre la Guerra Civil, sobre el sexo marital o la defensa a ultranza de la servidumbre femenina. Cobra, por lo tanto, tintes que van de lo tragicómico a lo melodramático; siempre con el imaginario cuerpo presente de Mario. Sigue leyendo