Darling

ricci/forte crean una performance agónica sobre la Orestíada en un espectáculo cargado de potencia física

Foto de Piero Tauro
Foto de Piero Tauro

Un hombre, henchido de impotencia, grita entre los aplausos finales: «¡mierda!», entiendo que esputa: «¡mierda!». Volvemos de nuevo al problema del arte moderno, del arte conceptual, de toda la estética de lo performativo y, sobre todo, la estética de la recepción. Si uno termina de ver un espectáculo con esa idea del «todo vale» rondándole la cabeza, es cuando la estupefacción se imprime en los rostros de unos espectadores que la semana anterior habían contemplado La gaviota de Chéjov. Sobre el escenario se erige un contenedor de mercancías metálico, iluminado por decenas de fluorescentes (es necesario que en nuestra cabeza ronden las fotografías surrealistas de Gregory Crewdson para aproximarnos al punto de partida). Tres hombres enfundados con una manta llegan al lugar: un pantano, una charca, una laguna Estigia. Sigue leyendo