El otro

Alberto Conejero adapta la mejor obra teatral de Unamuno, donde se dirimen los límites de la identidad personal

Sin duda, esta es la obra de teatro más sugerente de Miguel de Unamuno; en la que se aproxima de forma más convincente a las propuestas vanguardistas de los años veinte, con un parentesco evidente con Pirandello. El espejo, la idea de no poder descansar, pausar, renunciar a su propio yo. La condena de ser cada instante de la vida y, además, no terminar de reconocerse plenamente, nada más que como un extraño que se piensa a sí mismo bajo el prisma de los demás. La creencia en identificar la identidad como una esencia pura, también puede hacernos ignorar la imposibilidad de ser único sin una especie, una tradición, una cultura, una educación y unas fuerzas irracionales que se plasman en la voluntad. Reconozcamos que la influencia en Unamuno de filósofos como Schopenhauer, Nietzsche o, sobre todo, Kierkegaard ―junto a Freud― es muy patente en esta obra ―con el permiso, claro, de Hegel―. Si seguimos al teólogo danés, podríamos argüir que el protagonista de este drama ha sido incapaz de pasar de la etapa estética a la ética. Por ejemplo, en el volumen O lo uno o lo otro se expone que la vida estética es desesperación, y con esta idea desarrolla una teoría de la alienación. Por otra parte, debemos recordar que en el estadio ético se halla el matrimonio como paradigma: el compromiso y el límite en el desarrollo personal. Todos ellos son temas y conceptos que alimentaban el espíritu de don Miguel. Por esta razón, El otro es un texto de gran complejidad, si nos adentramos en el meollo que verdaderamente se quería desentrañar. Sigue leyendo