Escena – Fin de temporada 2020-21

Resumen con lo más destacado del panorama teatral en estos tiempos repletos de dificultades debido a la pandemia

Atraco paliza y muerte en Agbanaspach - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Como ocurre cada fin de temporada teatral, llega el momento de repasar lo acontecido y hacer sobresalir aquello que más me ha maravillado. Pero antes es necesario reflexionar brevemente sobre cómo ciertas líneas de pensamiento y ciertos modos de expresión van contaminando la escena y las butacas. No es ya que la autoficción nos tenga atufados desde hace tiempo, sino que viene cargada con una moralina autopurificadora de pecadores sufrientes, que uno se percibe como espectador sometido moralmente. Demasiados creadores teatrales han tomado las tablas como púlpito y han cancelado el diálogo con el respetable. Este hecho se podría contrarrestar filosófica y estéticamente si la oferta de ideas (e ideologías) fuera tan variada como antagónica —como sucede, por ejemplo, en la «caja tonta»—. Sigue leyendo

El caballero incierto

Un personaje de Rosa Montero salta a las tablas gracias a una sobresaliente interpretación de Silvia de Pé

Aunque la obra funciona ajena al contexto intraliterario al que pertenece, no está de más reseñar la novela de Rosa Montero titulada La carne. En ella ―no me detendré en el argumento― nos encontramos con una galería de escritores que encierran una vida peculiar que merece desvelarse (Philip K. Dick, Guy de Maupassant o María Lejárraga, por ejemplo); de entre todos ellos nos topamos con una única invención de la autora, y es una tal Josefina Aznárez o un tal Luis Freeman, que lo mismo da. El relato puede desgajarse totalmente y presentarse aislado, como aquí ocurre en el texto que ha vertebrado (reelaborado completamente) con muy buen tono y equilibrio Laila Ripoll, quien ha sabido puntear la tensión apropiada con unos monólogos muy dialógicos. ¿Habla uno? ¿Hablan dos?, o, ¿hablan dos en uno? No adentramos en una estética decimonónica, matizada por el género gótico o fantástico, con claras reminiscencias en el Doctor Jekyll y Mr. Hyde, de Stevenson, así como en la cuentística de Poe o el estilo de Oscar Wilde, todo ello bajo la estela del Romanticismo. Posee, desde luego, todas esas características del misterio que se observan desde el prisma del Positivismo, una mirada científica que nosotros, como espectadores, adoptamos como un tribunal médico al que se dirige la protagonista. La cuestión es que este montaje requería una actriz capaz de ofrecernos todos los matices de la ambigüedad, de ese transgenerismo performativo, de ese acoplamiento de las personalidades complejas y esquizofrénicas. Sigue leyendo