Los Peeping Tom nos someten a una función performativa y banal, donde discurren por los vericuetos de la autoficción y el metateatro

¿Qué hacer con un público mayoritariamente puesto en pie y vociferando en la Sala Roja de los Teatros del Canal al finalizar la pieza? ¿Cómo no fascinarse con un enorme barco anclado en el hielo, varado, en una expresión de gigantismo hiperrealista? ¿Cómo deglutir un epílogo de veinte minutos con un tipo recurriendo a la bufonada para zanjar la nadería dramatúrgica? Sigue leyendo