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Eduardo Vasco dirige en el Teatro de La Abadía esta parodia que ha escrito sobre la vida precaria de los cómicos

Que una compañía como Noviembre Teatro, dedicada casi de pleno a la adaptación de clásicos, se embarque en una creación tan metateatral, no deja de ser un autohomenaje paródico, una especie de paréntesis reflexivo y, fundamentalmente, un divertimento desengrasante. Para realizar este artefacto, Eduardo Vasco ha recogido diversos elementos del propio mundo actoral, y así poder elaborar un pastiche. Y, como tal, pues uno termina por quedarse con la idea de conjunto; porque la disparidad de escenas y, principalmente, la dispersión espaciotemporal, terminan por centrifugar el argumento en un engrudo excesivamente caótico. Fijémonos cómo se demora el preámbulo sin que nos presenten al que debe ser el gran protagonista y que, luego, a la postre, tampoco se explote su personaje en exceso. El caso es que un grupo de intérpretes se plantan ante su público para expresar con orgullo dolido que ellos son «de los clásicos». Y a partir de ahí llegan las coplillas irónicas y se intercala el rock vociferante y, un vergonzante rap (o algo así) que Resines no hubiera superado. Transicionar estas piezas con escenas encajadas sin comedimiento, como la del casting dirigido por millennials entontecidos, lleva a configurar unas piruetas dramatúrgicas insostenibles. La comedia no se centra en su asunto básico y se va por las ramas sin medida hasta que tomamos cuenta de por dónde se nos quiere llevar. Afortunadamente, contamos con un elenco que, dados los mimbres del libreto, van a sacar oro; y eso que el ritmo que se imprime no es el adecuado como para concatenar las tímidas risas que van surgiendo entre las butacas. Sigue leyendo

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