Cabezas de cartel

Perigallo Teatro propone un juego metateatral sobre su propio acto de creación y las dificultades que tienen para salir adelante las compañías más modestas

Cimarrón - Foto
Foto de Chuchi Guerra

De entre los centenares y centenares de pequeñas obras que se presentan en Madrid en sus decenas de salas, de vez en cuando, van apareciendo montajes que superan la categoría de efímero por méritos propios. Me refiero a piezas donde prima el buen hacer o una concepción que se sale de lo general, del mero hecho de contar una historia más. Así que podemos considerar Cabezas de cartel como un espectáculo que anhela percutir en el farragoso meollo de la crítica al mundo teatral. Ese lugar repleto de egos revueltos en una lucha sin cuartel. Ciertamente, digamos que, por su visibilidad, los intérpretes tienen más momentos para quejarse de lo suyo: su eterna precariedad, la falta de papeles para mayores —peor, dicen, si son mujeres—, la falta de oportunidades para los desconocidos (o para los feos, o para los extranjeros racializados, o para los muy bajos, o para los muy altos, o para los ciegos, o para los sordos, o para los discapacitados intelectuales, o para los mediopensionistas). Sigue leyendo

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