Fariña

Llega al Matadero la adaptación teatral del exitoso libro de Nacho Carretero como un engrudo bufonesco

Se ha repetido hasta la saciedad que con el libro de Nacho Carretero se produjo un extraordinario efecto Barbra Streisand; pues el secuestro de la edición por parte de una jueza, lo convirtió en toda una celebridad. De ahí a las copias clandestinas y, después, al best seller fue todo un continuo que fraguó en una serie televisiva de estimable factura y éxito. Ahora llega la versión teatral; pero el tono adoptado convierte un tema serio en un espectáculo chusco con poca profundidad. El deseo de multiplicar las escenas, reducidas, a veces, a guiños o chuflas (véase la aparición del Emérito o la chorradita de Falcon Crest) propende en esa idea televisiva de show a lo José Mota. El humor gallego ―si aceptamos los estereotipos― percute con más enjundia en la retranca y en la ironía; y se desbarata cuando se pone evidente y recarga el mensaje manifiesto (algo que ocurre demasiado en esta función). En este último sentido, el montaje se infantiliza y se pone populista en demasía para conquistar a un público que, a tenor de lo observado, llega motivado por la serie de televisión. Es un respetable que acepta el convite y jalea durante el espectáculo, y que aplaude generosamente al final. Cada uno de los actos, de los años, del tipo de droga, dan para una obra; juntarlo todo no consigue detallar las diferencias tan innegables para la sociedad gallega entre traficar con un producto o con otro. Sigue leyendo