Lorenzaccio

La compañía del Teatro Nacional de Burdeos presenta su visión modernizada de la gran obra de Musset

Foto de Pierre Grosbois
Foto de Pierre Grosbois

Para comprender a Lorenzo de Médicis, a Renzo, a Lorenzino, a Lorenzaccio, debemos acercarnos a la figura Musset, a ese afectado por el «mal du siècle» (la abulia pija del siglo XIX), ese «dandi de las barricadas», según Lestringant, su biógrafo o, también, ese suicida retardado amigo de la absenta. Fue esencial para el dramaturgo y para la creación de esta obra, el affaire con George Sand, quien allá por 1833 le dio a conocer una copia de su «escena histórica» Une conspiration en 1537, la cual motivó la posterior escritura de Lorenzaccio. Otro dato de relevancia, antes de adentrarnos en la función, es que el poeta tuviera buenas relaciones con la casa de Orleans, a la sazón, beneficiaria de los acontecimientos de 1830. Este cruce biográfico, sentimental y filosófico entre Musset y el protagonista de su pieza refuerza las derivas ficcionales e interpretativas; si le sumamos los avatares de nuestra agitada modernidad, el drama está completo. Nos situamos en la Florencia del cinquecento, una ciudad dominada dictatorialmente por la crueldad y el antojo de Alejandro de Médicis. A este le acompaña, después de un reciente reencuentro, su primo Lorenzo, al que todos conocen como Lorenzaccio, un poeta, un juerguista, un travesti, un libertino, un instigador o un melancólico recalcitrante. En una compleja trama de intrigas donde prevalece más el diálogo, a veces denso, que la acción ─y es que la prosa del francés se complejiza por momentos─, el catálogo de caracteres entreverados reluce en su cinismo. Sigue leyendo