Casa con dos puertas…

Clásicos on the Road lleva a los años 20 esta comedia de Calderón en las tablas del Corral Cervantes

No falta nunca la comparación con La dama duende, cuando nos hemos de referir a esta comedia de Calderón de la Barca. Y es cierto que se rondan; pero Casa con dos puertas, mala es de guardar, sin ser tan sofisticada, deriva con más llaneza hacia una comicidad más desbaratada y que nos debe hacer disfrutar de principio a fin. Para ello, claramente, el dinamismo, la velocidad en las entradas y en las salidas, los gestos, a veces, hiperbólicos y los guiños que remarcan el equívoco, deben estar presentes con ahínco. Y todo ello es lo que, en mayor o menor medida, le ha faltado a la compañía Clásicos on the Road. En su descargo hay que reconocer que, a las ocho de la tarde de este calurosísimo final de julio, y bajo una carpa como la que han montado los de la Fiesta Corral Cervantes, el asunto se complica, y el sudor se hace enseguida pegajoso. Se presenta esta adaptación bajo la atmósfera de aquellos locos años veinte y con una aparente intención de ponerse al ritmo del swing; aunque simplemente vaya a quedar luego en un pequeño baile de charlestón en el prólogo y apenas unas notas de algunos temas archiconocidos de jazz. Desde luego, el final de fiesta al terminar el espectáculo, como mandan los cánones, exigiría un nuevo baile que no llega. Es una lástima que no se ahonde más en la cuestión musical y dancística, en el rollo enloquecido de aquella década, en la ruptura de las convenciones sociales y en la aceleración desaforada hacia el abismo. Entre los lastres técnicos que se detectan rápidamente está la iluminación; pues el juego de ocultamiento en las sombras no termina de funcionar; por la sencilla razón de que no llegamos a estar a oscuras. Y, por otra parte, un aspecto que me ha chirriado bastante y que pienso que es un error de concepto, tiene que ver con la escenografía. Es una obra que pide elementos para el escondrijo, ya sean unos biombos o unas cortinas para, precisamente, realizar el trasvase entre las dos conocidas puertas que tan difíciles son de guardar. Aquí se ha optado por situar tres láminas (representan una puerta, una ventana, una biblioteca,…), como los habituales roll-ups que tanto se emplean hoy en día para cualquier evento; aunque, eso sí, mucho más estilosos y acordes a la estética propuesta. El problema radica en su movilidad; es decir, que observar a los intérpretes (incluidas las féminas con los tacones) desplazar los pesados armatostes (el contrapeso para que no vuelen hace de las suyas) provoca torpeza y distorsión; le quita sencillez a los cambios de ambiente. Dichos lastres anulan la vistosidad de la función y restan atractivo. Se convierte en un montaje tan desnudo que hasta los más mínimos trucos propios del arte quedan a la vista de todos. Y sí, reconozcamos que la compañía cuenta con poco presupuesto y que las dificultades generales son muchas. Si bien, uno de los elementos que más destaca es el vestuario que ha diseñado Isabel Mata, y que se inspira en la susodicha década y que dota de elegancia a casi todos los personajes, ataviados con múltiples detalles y complementos, como los sombreros, los guantes o los exquisitos zapatos de ellas. Otro punto es el uniforme de marinero XL que viste Casimiro Aguza, que parece algo ridículo y poco verosímil. A partir de estas características, reconocemos un elenco que intenta llevar la declamación hacia un buen nivel, y lo consigue en las escenas de mayor reposo; a pesar de ello no logran provocar la carcajada en unos espectadores que están ávidos por alcanzar la resolución despampanante. La situación daría para asimilarla con el slapstick que tanto éxito tuvo en el cine durante aquellos años; máxime cuando se han logrado remarcar muy bien las diferencias de carácter entre los dos galanes. Desde luego, el argumento, tan lógico de las comedias de capa y de espada, contiene los consabidos equívocos que se desembrollan radicalmente en el desenlace. Nos situamos en Ocaña, Lisardo, interpretado con sensual apostura por Jairo Martínez del Hoyo, ansía conquistar en la calle a una mujer que se tapa con una estola de piel. Procede con una gustosa chulería, que le viene excelentemente al papel y que arrastra todo el espectáculo con solvencia. Ella es Marcela, que es encarnada por Iolanda Rubio con un manejo de la coyuntura algo timorato al inicio; pero con una mejor disposición hacia el último acto, pues sus decisiones serán definitorias para resolver el entuerto. Por otra parte, Lisardo se hospeda en casa de su amigo Félix, hermano de Marcela. Ambos tipos hablan de sus correrías, y ahí descubrimos a un Antonio Alcalde, responsable de esta ajustada versión, que ofrece un tono más pacato frente a su colega; lo que nos dispone hacia una cierta hipocresía coloreada de medias verdades y de conversaciones que se escuchan tras la cortina. Su profundo amor por Laura lo tiene trastocado; aunque ella anda un poco mosca por una tal Nise. Entre enfados y arreglos, contentos y vaciles, ella toma fuerza en la obra para llevarse a su terreno a su amado. Isabel Mata hace un trabajo firme y demuestra su arrojo sobre las tablas. Mientras se va produciendo el nudo ya en el segundo acto, los criados y las criadas salpimientan la función con estrafalarias interpretaciones que provocan las primeras risas del respetable. Así, realiza una buena intervención Enrique Meléndez, quien se mete tanto en el papel de Celia, como de Calabazas, al que acoge desde un acento venezolano muy vacilón. Por su parte, Casimiro Aguza hace de Silvia, criada en casa de Félix, y resulta algo grotesco y llamativo. También encarna a Fabio, el padre de Laura; pero creo que la juventud del actor torna inverosímil al personaje. Desde luego, la trama, levemente confusa con los temas entreverados del honor, los celos y la seducción, está destinada al entretenimiento y funcionaría desde el toma y daca continuado y ágil. Seguramente con más rodaje y unas condiciones más propicias, el público entre con otro cariz. No dudo que lo vayan a conseguir.

Casa con dos puertas…

Autor: Calderón de la Barca

Versión y dirección: Antonio Alcalde

Reparto: Iolanda Rubio, Jairo Martínez del Hoyo, Isabel Mata, Antonio Alcalde, Enrique Meléndez y Casimiro Aguza

Ayudante de dirección: Isabel Mata

Música: Eric Satie, Scott Joplin, James P. Johnson y Louis Armstrong

Coreografía charlestón: Iolanda Rubio

Diseño de iluminación: Aitana Herráiz

Diseño espacio escénico y vestuario: Isabel Mata

Construcción escenografía: Teodoro Mata y Antonio Arenas

Confección vestuario: Maribel Arenas

Diseño gráfico: Iolanda Rubio

Fotografía: Natalia M. Woyzechowsky

Producción: Clásicos on the Road

Corral Cervantes (Madrid)

Hasta el 1 de agosto de 2020

Calificación: ♦♦