La omisión del si bemol 3

Denise Despeyroux regresa a las tablas con una comedia negra sobre la educación de los hijos y el «Efecto Mozart»

La omisión del si bemol 3 - Foto¿Son los padres y las madres, y viceversa, y sin vice y sin versa, solos y solas, o acompañados, o agrupados o policonvexos y et alii del siglo XXI más gilipollas que los de cualquier otra época? La respuesta tajante y rotunda es que sí. Alcanzar el medio virtuoso aristotélico parece una tarea imposible. Atrincherarte con el sentido común frente a los embates del gran mercado de la estupidez es una batalla perdida. Por supuesto, estoy hablando de los patéticos aspirantes a burgueses. Los de más arriba (y más todavía) se pueden permitir la estulticia, pues su margen de error es tan amplio como amplias sus posibilidades de corrección. Los de abajo están ahí para recordarnos que comen muchas patatas fritas y salchichas a un euro, que les plantifican un móvil a sus vástagos para hipnotizarlos, que utilizan palabrotas, que son sucios y que no tienen ningún talento que revelar. A nosotros nos interesan los glutenfóbicos, los sugarfree, los defensores de la sicología positiva, los expertos en inteligencias múltiples, los pantallafóbicos, los afanosos practicantes del mindfullness, los que cenan a las 8 y treinta y siete y se despiertan a las siete y cuarenta y cuatro, los valedores del colecho y la híperhigiene, del diálogo amantísimo por encima de cualquier sobresalto; aunque la criatura aún balbucee, los temerosos de los parques que no tienen revisada la certificación UNE-EN 1176-11, o el descubrimiento de esa famoso talento que todos tenemos y que después hay que desarrollar cuanto antes denodadamente (curiosamente nunca es servir copas estupendamente a las cinco de la mañana) y muchos etcéteras. Las variedades son múltiples; pero la cuestión aquí radica en que cuesta encontrar papás y mamás «normales». Y en unos de estos se ha fijado Denise Despeyroux para escribir una comedia negra con muchos de los motivos que a ella le suelen interesar en su afán por criticar las extravagancias de nuestro tiempo. Para ello se ha inspirado en el exitosísimo mockumentary del youtuber Jaime Altozano, en el que se preguntaba «¿Por qué Mozart no usaba el si bemol?». Tomando este hecho y entreverándolo con el famosísimo «Efecto Mozart», elaborado por otorrinolaringólogo Alfred Tomatis, y asentando estos dos hechos en una pareja de primerizos, de esos a los que me he referido antes, la comedia estaba lista para rodar. Y rueda con su lógica, y el texto posee unos diálogos verdaderamente irrisorios y chocantes que funcionan briosamente en las andanadas iniciales; pero que, después, hay que reconocerlo, el tono se enrarece y la gracia se disuelve. Esto ocurre en el último tercio del montaje. Y es que la obra se alarga hasta los noventa y cinco minutos de manera insostenible. Que sobra un cuarto de hora aproximadamente se comprueba en cómo las últimas escenas están demorando un desenlace que, por su coherencia, el público ya espera y ansía. Además, los protagonistas se vuelven aquiescentes con su inédita situación, se muestran más melancólicos y faltos de la energía que propiciaba su dialéctica imparable que desnortaba en el absurdo. Esto no quita para que gran parte de la función se disfrute enormemente y nos permita elucubrar sobre los métodos educativos que se van poniendo de moda, y que llevan a tantos progenitores a las más incongruentes paranoias (los abuelos, claro, suelen flipar). Es indiscutible que los padres quieren lo mejor para sus hijos y cada vez lo es más que quieran propiciar las altas capacidades con todo tipo de sistemas, incluido el autoengaño, como bien nos recordaba hace poco El Mundo Today: «Dos de cada tres bebés españoles son superdotados, según un estudio de sus padres». Antonio Romero, que es la reencarnación de José Luis López Vázquez, vuelve a desplegar (hay que rememorar: Off y Un peral entra por la ventana) esa panoplia de entonaciones estupefactas del que asume que ya definitivamente se la van a meter doblada. Su personaje sostiene una cierta superioridad intelectual; ya que es profesor de matemáticas y aún se conduce por los vericuetos de la lógica. Es su debilidad de carácter lo que va a permitir la quiebra subsiguiente en sus convicciones. De eso se aprovecha su mujer. Maya Reyes, quien ha participado igualmente en las propuestas anteriormente reseñadas con Romero, se acoge con gran soltura al lado más fantasioso y crédulo (o incrédulo, según se dé). Ambos demuestran su gran sintonía y ambos concitan las obsesiones de Despeyroux; porque ya es un tópico en su dramaturgia el empleo de la seudociencias de una forma satírica. Así lo hizo en Los dramáticos orígenes de las galaxias espirales. Para potenciar el efecto conspiranoico —la pareja se encuentra confinada en casa con su bebé debido a un criptovirus llegado de Burkina Faso— aparece en la televisión (la escritora ya probó en Ternura negra, introduciendo a un tercer personaje en la pantalla) el Dr. Atila, un supuesto científico austrohúngaro (homenaje berlanguiano) que busca la «verdad». Algo muy friki que tiene mucha más gracia si cabe, al descubrir que es el propio Altozano enmascarado (el tío lo resuelve con un desparpajo y una perspicacia innegable). Todas estas sorpresas, todas estas extrañezas se nos sueltan al principio, insisto, y eso atrae al espectador, quien entra rápidamente en la historia. Es maravilloso contemplar la estupefacción de esa madre aseverando que su hijo, después de todo el esfuerzo que ha realizado poniéndole a Wolfgang a todas horas, parezca tan «normal» con sus cuatro meses. El nerviosismo de esos padres les lleva a plantearse nuevas estrategias, como probar heréticamente con Mecano. O, incluso, con Rigoberta Bandini y su «Perra». Esto, antes de tener que enchutarle el Réquiem. La vía paradójica que emprende la dramaturga es original y justiciera. ¿Por qué no propiciar una involución en el vástago? ¿Se daría por las nuevas músicas repletas de repugnante pop o por la degeneración genética evidente en los progenitores? Apuesto más por la segunda opción, pues las mutaciones en nuestra sociedad son más que palpables. Si el bebezote se come unas cucarachas y la madre nombra a un tal Gregor (nosotros podremos el Samsa). Aparecen los colmillos en el muchachote, los arneses y llega una jaula de zoológico para su habitación. He ahí la macabra bola de nieve que tendrá un final propicio y hasta «salvífico». En un momento determinado casi claman por no haber utilizado las canciones infantiles de María Elena Walsh. El enmoquetado que Edu Moreno ha dispuesto para su escenografía certeramente elegante, nos da cuenta del aburguesamiento y de la calidez de los biempensantes. Gracias a la iluminación de Pau Fullana los tonos demoniacos también participan con ínfulas. Mientras que el vestuario de Tania Tajadura incide en la ironía de los avatares con detalles como la camiseta de Salieri que porta Antonio. La omisión del si bemol 3 recoge con sagacidad muchas de las cuitas que están trastornando a una sociedad cada vez más monolítica y enfebrecida con las redes sociales, donde la posverdad es la verdad a secas, y el pensamiento y la crítica, dos actitudes agotadoras que causan desesperanza. Prima el nihilismo y la estupidez. Eso sí, recreadas por la soberbia del que se atreve a opinar de todo constantemente. Pobres hijos de las próximas generaciones. Lo de menos es el cambio climático.

 

La omisión del si bemol 3

Dramaturgia y dirección: Denise Despeyroux

Reparto: Maya Reyes y Antonio Romero

Colaboración especial: Jaime Altozano

Asistente de dirección: Maxi Huerta

Diseño escénico: Príamo Estudio

Escenografía: Edu Moreno

Iluminación: Pau Fullana

Diseño sonoro: Eloy Sansón

Vestuario: Tania Tajadura

Jefe de producción: Ángel Verde

Producción: Príamo Estudio y Carne Viva

Residencia en Teatro Quique San Francisco

Teatro Quique San Francisco (Madrid)

Hasta el 9 de enero de 2021

Calificación: ♦♦♦

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