El diablo en la playa

El Teatro de La Abadía se abre a la nueva propuesta performativa de Matarile sobre el caos y otros supuestos temas adyacentes

El diablo en el playa - FotoLas propuestas perfiladamente performativas o, al menos, posdramáticas, se fagocitan a sí mismas en la redundancia del acontecimiento en sí. Se imitan, se copian, se repiten, tanto los gestos como los exabruptos, tanto las ironías como los cripticismos. Alimentadas de un mismo humus centrípeto de evidencias que no, de clarividencias. Propuestas jibarizadas por un mundo que se performatiza insaciable desde ese otro mundo, el virtual, que infecta nuestra realidad y nos convierte en esputos que claman por su centro de atención. Ante tal panorama, uno espera algo; para no ser deglutido por el nihil. Si El diablo en la playa es la primera parte de la Trilogía de la fragilidad, hemos de pensar, inicialmente pues, que no se tratará de la fortaleza. Obvio. El asunto vuelve a ser el de siempre, en el espectador que una y otra vez, con su intelecto y su cuerpo sintiente a tope de revoluciones, afirma tajantemente que el «rey está desnudo» y que no sabe, sinceramente, por qué sus compañeros de butaca aplauden tamaño engaño. Pero vayamos más atrás. Si atendemos no solo a la propia obra que se ha presentado en el Teatro de La Abadía, sino también a las explicaciones de la autora, a la lista de referencias y de citas, a las supuestas intenciones, a la correspondencia entre las actrices, al propio proceso creativo que ha durado años; entonces no queda más remedio que preguntar dónde están todas esas atribuciones o intereses. Porque, evidentemente, uno puede leer mucho, estudiar filosofía y ciencia, ver las películas más cultas (por cierto, la playa y el diablo me trajeron a la mente La mujer en la arena, cosas mías), haber observado concienzudamente las pinturas y las fotografías más fascinantes e, incluso, lograr desarrollar en el cerebro un argumentario, un pensamiento trascendental y hasta un imaginario propio. Aunque si todo esto no se da sobre las tablas, como creo que ocurre aquí; entonces la destilación ha sido un fracaso. ¿Que partimos del caos y Deleuze? Pues muy bien, y qué más, adónde vamos, qué hacemos con eso. Que se recurre al cineasta Roy Andersson, del que puedo asegurar que he visto todas sus películas (me han fascinado y aburrido a partes iguales con sus muertos vivientes) para señalar que «el plano general da más datos de una persona que su propio rostro», estupendo. Es que la lista de referencias me parece tan inabarcable para un montaje de poco más de una hora, como inane en su entreverado (eso mismo pensé con el Circo de pulgas). O ya estamos otra vez, una vez más, con una performer haciéndonos el collage culturalista, para que cada uno se las componga. Ana Vallés no tiene una pieza, no tiene ni jirones de algo que medianamente esté construido y se pueda poner delante de un público avezado (el no avezado, huiría inteligentemente). No obstante, pongamos ejemplos. Hablar de Pina Bausch después de un comienzo deambulante que debemos vincular mágicamente con la coreógrafa alemana solo con expresar: «Yo Claudia. Yo Pina. Yo Celeste haciendo de Claudia haciendo de Pina». Desde luego, no hay forma más estricta de usar el código lingüístico performativo. De ahí al griterío de Yoko Ono mientras el minipalomitero hace su molesto cometido. Quince minutos de desconcierto desde el inicio. ¿Debemos descubrir la «fragilidad» en otra incursión autoficcional de sus intérpretes? «Claudia dejó el ballet de Boston… Aislamiento y soledad fueron el nuevo decorado de Claudia. Una soledad muda, sin flores ni luz…». Pero si ansiamos atrapar alguna línea de cordura, la frase más coherente es: «¿qué tenemos que hacer con el problema del sufrimiento que el caos produce?… la poesía; el erotismo: son la respuesta». Las pocas líneas que siguen contienen lo único que considero digno, porque dan comienzo a una verdadera asunción de cómo considerar el caos. A mi parecer, el enfoque debería estar relacionado con la entropía. Aceptemos que en estas palabras hay algo de esto: «Hay que encontrar el ritmo del caos. Amar el ritmo del caos, transformar el caos en algo erótico». No obstante, el resto es divagación. Aunque contiene algunos guiños de humor desencantado, con esa ironía tan típica de nuestro tiempo que permite coger distancia para no enfangarse con el desquite nihilista. Algo así como Dios ha muerto, yo soy frágil y estoy triste. Llega, entonces, la necesidad de llenar el espacio vacío y el silencio con el azar, con las ocurrencias, como estoy haciendo yo en este texto porque realmente no sé qué remarcar de tal poquedad. Que si Di Stefano, que si Eduardo del Pueyo, que si Chaplin, que si otra vez Deleuze (pero de Deleuze, lo que se dice la filosofía de Deleuze, ni una nota al pie de página que llevarnos al hipotálamo). Admitamos que consideren la playa como «no-lugar»; pero yo solo puedo pensar en El séptimo sello (¿ven? Hago lo mismo que ellas, como Jung con el test de asociación de palabras). Y si Celeste lanza la pregunta: «¿Acaso somos algo más que un personaje?». Esperamos una penetración epistemológica de ella. Lo propuesto, insisto, no da ni para un prólogo (quizás lo sea, pues quedan otras dos partes): soledad, fragilidad, caos,… diríamos, además, que decaimiento quizás rayano en la depresión. ¿Quién sabe? Los cuerpos de ellas, desnudos, diferentes y espectrales. El escuálido cuerpo de Claudia Faci sobre la mesa subsumido ante la lentitud de un acelerado guitarreo del grupo Pixies mientras cantan insistentemente: «Vamos a jugar por la playa» ¿Otra vez el punk? Qué viejo y manido resulta todo desde hace décadas. Celeste González con sus poderosísimas y largas piernas, cambiándose de vestido en la búsqueda de un estatus social. El diablo ha robado la esperanza y nuestra actriz ha perdido las ganas de vivir y de bailar. Ambas participantes establecen una dialéctica corporal entre su intemperie y la vestimenta burguesa, en ese apartamento bien avenido, de diseño minimalista e iluminación dicotómica: el verde y el rojo. Avanzar y parar. Quizá, con gafas anaglifas, podríamos entender la síntesis de este espectáculo. Un purgatorio o un limbo deseados entre el cielo aspirado y el infierno persistente de la cotidianidad. Podríamos seguir devanándonos los sesos y los sentimientos. Ana Vallés y los de Matarile podrían asegurarnos que saben hacia donde van. El espectador, probablemente, permanezca simplemente atónito.

El diablo en la playa

Textos y dirección: Ana Vallés

Otros textos: Celeste y Claudia Faci

Reparto: Celeste González y Claudia Faci

Coreografía: Celeste y Claudia Faci

Iluminación: Baltasar Patiño y Miguel Muñoz

Espacio escénico y montaje musical: Baltasar Patiño

Vídeo proyección: Matarile

Vestuario: Matarile, Naftalina y Nuria González

Documentación proceso: Matarile

Fotografía: Rubén Vilanova y Edición Rusa

Edición y publicación de los textos: Ediciones Invasoras

Vídeo difusión: Edición Rusa

Promoción y difusión en medios: Juancho Gianzo

Gestión redes: Baltasar Patiño y Juancho Gianzo

Diseño web y diseño gráfico: Baltasar Patiño

Citas y referencias: Gilles Deleuze, Rebecca Solnit, Franco Berardi Bifo, Edward Hopper, Pina Bausch, Balthus, Gregory Crewdson, Heiner Müller, Daniel Johnston, Eduardo del Pueyo y Roy Andersson

Acompañamiento: Elisa Gálvez y Juan Úbeda, Lara Contreras, Enrique Gavilán, Jacobo Bugarín y Fany Bello

Soporte técnico y logística: RTA y MATARILE

Asistencia técnica en gira: Miguel Muñoz y RTA

Gestoría: Asesoría Cruceiro

Producción: Juancho Gianzo y Creación de Matarile

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 12 de diciembre de 2021

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Un comentario en “El diablo en la playa

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