Alfonso el Africano

El Club Caníbal realiza su montaje más sólido para desbravar a los Borbones a través de una biografía satírica de Alfonso XIII

Alfonso el Africano - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

El retablo valleinclanesco que están perfilando los del Club Caníbal va a lograr que el esperpento supere el reflejo deformado de los espejos cóncavos y se nos estampe en los morros. Siempre ya el tema de España y nuestra insuperable ranciedad de fondo. Ni falta hace que algunos episodios de nuestra historia se caricaturicen. Las obras futuras de estos dramaturgos ya se están escribiendo, y de este Alfonso el Africano es fácil imaginar una segunda parte, una vida paralela que habrá que observar con suficiente distancia para que no nos sintamos demasiado estúpidos. En la trilogía Crónicas ibéricas (Desde aquí veo sucia la plaza, Herederos del ocaso y Algún día todo esto será tuyo) marcan un estilo que se imbrica en una tradición humorística española muy identificable con la sátira, el humor negro, el absurdo y una perspicacia que supera ampliamente a otros humores nacionales (el ridículo francés, por ejemplo) y que se pone al nivel anglosajón (un escalón por debajo del judío que, desde mi punto de vista, es el más inteligente). Valle-Inclán y Gómez de la Serna, Mihura y Berlanga, Tip y Coll, Faemino y Cansado, los chanantes y Juan Cavestany (realizador de Vergüenza, donde aparecen algunos intérpretes «caníbales») y un apreciable etcétera. La comedia no es difícil, es dificilísima. Y la prueba del algodón no debe estar en los decibelios de la carcajada, sino en la demostración fehaciente de ese ingenio que nos adentra en el pasmo. A partir de ahí, si no te despistas antes de entrar en la sala, te puedes deleitar con Vito Sanz recreándose como exhibicionista bisoño en el peepshow. El adjetivo que debemos llevar con nosotros es sicalíptico (invención española, que quede claro). ¿Y su origen? Teorías varias. Debemos pensar en los espectáculos de varietés y cupletistas del XIX, seguramente en Barcelona. Quizás de apocalipsis y de epilepsis, nos llega la sicalipsis, que, según la etimología griega, tendría que ver con ‘higo’ y ‘frotar’. El erotismo, lo verde y hasta los inicios de la pornografía (nada que ver con lo de ahora, que da para tesis posmoderna). El picante y más allá. Por eso los espectadores acabamos dentro de un salón de proyecciones privado (qué exclusividad se percibe en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero) repleto de sillones, butacas, tresillos, lámparas de techo y tiras doradas por las paredes que Walter Arias ha ideado con atrevimiento; para recrear un espacio destinado al fulgurante show de variedades. Juanfra Juárez (que, podríamos decir, «sustituye» a Juan Vinuesa en la terna habitual) es para mí un descubrimiento auténtico. Desde el mismo recibimiento que nos depara, como un showman, un híbrido, un travesti de palabra, una cupletista lúbrica, un calentorro maestro de ceremonias, el intérprete explora su propia comicidad con una lista de personajes antológicos llevados por una «seriedad» de socarrona desproporción. Ya sea como conde de Romanones, como cardenal Segura o como pitonisa macabra, alcanza una cota de extravagancia sucia, a veces me parece un Javier Gurruchaga rejuvenecido sacando punta a todo aquello que le compete. Porque esta obra se torna interminable en la concatenación de gags fulgurantes que se enlazan, unas veces con gran fluidez y continuidad; otras como piezas alternativas. Pierdo la cuenta de los sketches. No todos, desde luego, son brillantes e, incluso, alguno me parece que tiene mal encaje, como, por ejemplo, en el viaje a África y el jueguecito con el elefante (la resonancia de nuestro affaire elefantino, tan patético y «equivocado» a la postre), resulta un tanto tópico (por las concomitancias con nuestra época) el discurso navideño con las uvas, y la frase ultimísima me ha parecido un poco fuera lugar y poco sagaz como colofón. No digo que se pierda el tono en algún momento; pero la brevedad de las escenas hace que uno sienta que a algunas les falta más desarrollo. Esto no ocurre, evidentemente, con los temas que se van retomando, como pasa con distintos temas. Fundamentalmente con la tan traída cuestión de las peliculitas eróticas, las sicalípticas, que tanto le gustaba crear a su majestad. No es el asunto central del montaje, como pudiera parecer; pero es el más chocante. Apenas conservamos tres cintas (Consultorio de señoras, El confesor y El ministro) y parece que están bien custodiadas en la Filmoteca de Valencia. Creo que resultan bastante cómicas a los ojos de hoy y que no excitarían ni a un mono adolescente. Eso sí, el lema de esta sátira debe quedar claro: «Lo que más me gusta en esta vida, caballero, es: dormir, fumar, follar, beber e irme de cacería; y en este orden». Inapelable, ciertamente. El que nos lo cuenta es un Alfonso XIII atravesado por un Font García que le otorga una mirada infantil, ingenua, antojadiza, de eterno disfrutón que pretende arreglar los problemas de la nación con soluciones poco certeras, ya sea el independentismo catalán (no falta la mofa en el tratoque lingüístico a los hermanos Marx), las luchas obreras (la sátira alcanza momentos sádicos para evidenciar a los criados alienados), el terrorismo (los atentados anarquistas se cocinan como pasteles bomba al ritmo que marca la alimenticia metralla), la guerra del Rif (este año se conmemora el desastre de Annual y así quedará también constancia en otro proyecto del CDN), etcétera. El actor se maneja, además, con melancolía estrafalaria en el sicoanálisis fálico que establece con su pene encarnado (nunca mejor dicho). El monarca discurría mejor con el glande. Verdaderamente uno piensa en esta propuesta como un acontecimiento inabarcable que te mantiene absorto ante la próxima incursión vitriólica. Diría que otra vez Vito Sanz se ajusta a esa perspectiva del payaso triste que tan bien le sale. El perdedor, el lánguido, el débil. Sus personajes van a rastras o se pliegan a los designios de su alteza. Es este intérprete el que aporta algo de humanidad para desencadenar la inhumanidad. Como ventrílocuo al inicio y al final, con un muñeco de nuestra Leonor, graciosamente envenenada por el lenguaje ordinario de su abuelo. El personaje del cineasta Baños (uno de los hermanos aquí aunados) nos permite adentrarnos en el mundo del cine. O como la madre, María Cristina, instruyendo a su vástago en el campechanismo desilustrado. O, después, como reina Victoria, en el singular homenaje a Yoko Ono como performer fluxus bajo el velo nupcial, para llegar a aceptar un «papelito» en las cintas picantes de su maridito. Es todo un no parar. Por eso hay que insistir, llegado a este, punto, que el texto y la dirección —dentro de un caos y un mosaico descacharrante que Chiqui Carabante recoloca con pericia— que los elementos en liza humorística están extraordinariamente compensados. Por si fuera poco, el músico Pablo Peña vuelve a estar dentro de la escena y en las escenas, no como un accesorio, sino mucho más integrado que en otras ocasiones, esta vez reconfigurando cuplés, coplillas y chotis (el de Primo de Rivera es para analizarlo detenidamente), más un juego de ruidos, de sonidos, de onomatopeyas con objetos diversos para llevar la percusión hacia el divertimento salsero. Para aquilatar aún más esta perfilada producción (qué menos para una institución pública como esta), contamos con una recreación de los susodichos filmes lúbricos, que suponen una muestra irrisoria de un arte amateur que sirve con creces para que las artes masturbatorias de los potentados relajen sus ínfulas dictatoriales. La conjunción de los textos y el buen hacer de un elenco que se transforma a través del vestuario peculiar y caricaturesco de Salvador Carabante (siempre manteniendo los pantalones cortos marca de la casa) logran que este montaje sea el mejor de esta compañía. Que hayan conseguido mantener a raya la ranciedad, sin perder la pujanza histriónica hasta el punto de la asquerosidad, es un ejemplo de virtud. Esperemos que más público pueda disfrutarlo; porque hasta el momento parece un espectáculo casi clandestino. Así que, larga vida a Alfonso XIII.

Alfonso el Africano

Texto: Chiqui Carabante, Font García, Vito Sanz y Juan Vinuesa

Dramaturgia y dirección: Chiqui Carabante

Reparto: Font García, Juanfra Juárez, Pablo Peña (músico en directo) y Vito Sanz

Escenografía: Walter Arias

Iluminación: Benito Jiménez

Vestuario: Salvador Carabante

Música: Pablo Peña

Movimiento: María Cabeza de Vaca

Ayudante de dirección: Vanessa Espín

Ayudante de escenografía: Víctor Longás

Proyecciones: Curro Ferreira (Director de fotografía), Sules García (Ayudante de cámara), Annamaria Scaramella (Coordinadora de postproducción)

Fotografía: Luz Soria

Tráiler: Bárbara Sánchez Palomero

Diseño de cartel: Equipo SOPA

Realizaciones: Creators of Legends, Artefacto Escenografía, May Servicios para el Espectáculo y Peroni (Escenografía)

Producción: Centro Dramático Nacional

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 26 de diciembre de 2021

Calificación: ♦♦♦♦

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