Conferencia sobre la lluvia

Enrique Simón se mete en la piel de un bibliotecario para realizar una interpretación cautivadora sobre el texto de Juan Villoro

Conferencia sobre la lluvia - FotoLa preterición se convierte en la perfecta captatio benevolentiae: «perdí la conferencia». Pero cómo no considerar una conferencia a lo que viene a continuación, a esa disertación tan particular, entre la hogareña charla con uno mismo de un bibliotecario que nos acoge en su despacho con su pijama y batín. Un ordenador de libros desordenado, un tipo contradictorio. Un titubeador que chasquea su lengua trabucada en ocasiones, como esa cabeza ahíta de citas, de lecturas, de personajes y de autores predilectos. Y, aun así, es el amor (¿no es ese el principal tema de la literatura junto a la muerte? ¿No son el amor y la muerte las dos caras de la misma moneda vital?) lo que vertebra la existencia de este individuo quizás neurótico, quizás misántropo, quizás ido, quizás manipulador de su propia vivencia de letraherido. La divagación es como emborronar para un pintor o como teclear sin sentido para un escritor: ponerse a la acción antes de que la página en blanco nos asfixie y nos enmudezca. Y así procede Enrique Simón en este extraño monólogo en el que su interpretación sale tan victoriosa. Su deambular, su lanzar los temas y perderlos y volverlos a hilar con un tono absolutamente idóneo de firmeza, a veces vehemente, y de ternura propia de un solitario. Es cierto, que los primeros embates despistan; y uno se siente algo descolocado, y algunos nombres, si no está puesto en la cuestión filológica, pues puede resultar pedantes. Por allí pululan Dante, Neruda, Pessoa o Mallarmé, entre otros. Entendamos Conferencia sobre la lluvia del escritor mexicano Juan Villoro como una amalgama cuasionírica. ¿Recuerdan Si una noche de invierno un viajero, de Calvino, con esa recursividad metaficcional y metaliteraria? Aquí encontramos que los símbolos se cuelan de improviso, con total ansia de realismo, hasta llevarnos a dudar, no solo de la veracidad de lo que se nos cuenta, sino de la autenticidad del propio personaje. Comprendamos también al conferenciante como un Quijote enfrascado en su biblioteca borgiana donde se encierra el universo y todos los mundos posibles. Reconozcamos que el preámbulo es un tanto extenso; aunque valga para inocular el espectador la zozobra de no estar entendiendo el hilo del argumento. El conferenciante como funambulista de la palabra que puede bloquearse de un momento a otro delante de los escuchantes. La lluvia es una excusa para metaforizar la vida desde la melancolía romántica, donde la biblioteca, es decir, la cueva de la imaginación, es un refugio para aquellos que, cual agorafóbicos, repelen la intemperie. Cualquier poeta que se haya referido a la lluvia puede ser un «amigo», un referente. Pero el punto interesante y, diría que fascinante, de esta propuesta es que, por debajo de todos esos nombres propios que gustarán a los lectores acérrimos de literatura (Literatura), está un personaje escurridizo, un tipo autopoiético, un personaje de sí mismo, un bibliotecario, como Borges, que no ve la realidad; sino su ilusorio anhelo. De ahí que su «historia» amorosa pase de Soledad, la chichimeca que repudia los libros «a todos por igual» (concibamos la cotidianidad solitaria de nuestro protagonista) a Laura, ¡cómo no! (si se debe tender la mano a un guía, este debe ser Petrarca). Henchirse en primera instancia de platonismo. «Fui su rehén amoroso». El amor cortés llamando a la puerta y nuestro caballero «enfermo» y «encarcelado». En el torbellino de sensaciones y en el contraste que establece entre su pertinaz infravaloración («No soy una figura de pensamiento; tampoco soy un atleta que despierta aguerridos entusiasmos corporales») y la fascinación con la que muestra su alborozo, Simón atrapa el escenario y nos atrapa a nosotros con su vigor interpretativo. En ese punto de concentración ambivalente se halla gran parte del atractivo de esta pieza; porque nos llega a convencer de la «verdad» de su personaje. Observar cómo el tipo es cosificado por su amante y cómo acepta que eso es un regalo. Asumimos que él se ha metido en el pozo bibliófilo y que, en cierta medida, se ha invalidado para las relaciones amorosas y sociales. Dejarse dominar es un placer masoquista, que es a lo único que puede aspirar; es más, podemos deducir ese deseo pulsional, inconsciente. Una vocación. Por supuesto, su Laura posee la inteligencia de los grandes idealistas: nunca dejar que se corrompa el ideal con el paso del tiempo, con los secretos inconvenientes, con la decrepitud de la carne. En definitiva, con todo aquello tan nefasto que contiene lo material. Más persuasivo es, si cabe el relato, que a Laura la viéramos —si esto fuera ciencia-ficción— como esos androides que se supone que en el futuro acompañarán nuestra vejez, o como esas muñecas de silicona con inteligencia artificial que valen para atajar necesidades sexuales más perentorias. No, Laura está hecha de citas, como de citas está hecho el conferenciante. Todo es literatura de la literatura. Ahí están todos los autoengaños. El juego ficcional nos embauca y nos hace plantearnos aquello de «la verdad de las mentiras», que decía Vargas Llosa. La brevedad y la atmósfera, la gran interpretación que recibimos y las gotas de humor que trufan el espectáculo, hacen de Conferencia sobre la lluvia un artefacto cautivador.

 

Conferencia sobre la lluvia

Autor: Juan Villoro

Dirección: Guillermo Heras

Reparto: Enrique Simón

Espacio escénico e iluminación: Guillermo Heras

Ayudante de dirección: Andrea Saiz

Asistencia de dirección: Anna Sillero

Jefe de producción: Enrique Simón

Ayudante de producción: Javiera Guillén

Realización escenografía: Carmela Silva, Javier Miranda

Dirección técnica: Visisonor

Marketing digital: Irene Benavent

Soporte y mantenimiento digital: David Casas – Shopicardia

Realización gráfica: Enrique Gaya – Estudio Bikini

Una producción de Salvador Collado

Teatro Bellas Artes (Madrid)

Hasta el 19 de octubre de 2021

Calificación: ♦♦♦

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