Antonio y Cleopatra

Ana Belén y Lluis Homar despliegan encanto y humor para abrir la temporada en el Teatro de la Comedia

Antonio y Cleopatra - Foto de Sergio ParraQue conozcamos de sobra el desenlace, no quita para que la batalla dialéctica nos dé un impresionante morbo. El resto de personajes pueden quedar en la sombra y en silencio. Los avatares bélicos propician el movimiento de las piezas en la partida erótica, y el erotismo es una máscara aviesa por sujetar un poder muy quebradizo. ¿Quién hace más teatro? ¿Cleopatra o Marco Antonio? Nuestra mirada romántica nos hace crédulos ante tales arrumacos en los primeros instantes; pero ahí se dirime mucho más. En concreto, la supervivencia política. La reina de Egipto había hecho lo propio con Julio César y ahora no tendría inconveniente en volver a «venderse» a otro romano. Siempre es mejor que ser degradada definitivamente a sierva que, al fin y al cabo, es lo que ya es frente al imperio que va a concretarse en esa época. Él no deja de ser un candidato más en la terna, y requiere apoyos militares. ¿Entonces no hay amor? Quizás en esta versión de Vicente Molina Foix, menos que en otras. Porque lo que ha hecho con esta tragedia el novelista determina el tono; y si José Carlos Plaza ha dejado hacer o, incluso, ha forzado las cadencias, los gestos y las suspensiones en el aire, lo esperado es difuso. Primeramente, a nuestros oídos, los versos suenan claros, los términos elocuentes y cada enunciado manifiesta las intencionalidades (aunque sean ocultas), reduciendo al máximo cualquier atisbo de hipérbaton. Pero no es esta la cuestión, sino que entre la mayor cercanía del texto (depurado) y el expresionismo, por no decir, en ocasiones, caricatura de sus protagonistas, se favorece el humor, y no leve ni anecdótico; sino persistente en sus encuentros más íntimos. Que los espectadores rían de vez en cuando, que carcajeen ante situaciones un tanto farsescas, como en la escena donde la reina viste torpemente a su amado o la poca pericia de Antonio para matarse, nos da cuenta de que la tragedia va a ser menos trágica. Que esto ocurra es una pega; no obstante, casi tres horas dan para mucho y, en general, es un montaje correcto. Que este papel a Ana Belén le encaja estupendamente no es decir mucho. La actriz sabe mostrarse encantadora; aunque lleve —culpa del director— su carácter hacia extremos ridículos con guiños demasiado antojadizos para ser tan astuta e inteligente. La gama de detalles es amplísima, y a lo largo de la función tiene la oportunidad de encontrar el desgarro emocional y la fortaleza agónica. Mientras que Lluís Homar —aceptemos nuevamente, como ocurrió con El príncipe constante, que su edad no es la adecuada— trabaja con su excelencia habitual, con su paladeo de las palabras pertinente, para plasmar la paradoja y la ambigüedad de su rol. Cursi por momentos, casi nunca suficientemente bravo frente a sus rivales; a pesar de ello, muy creíble en la endeblez que muestra ante su decadencia y derrota. Por otro lado, como afirmaba, salvo el Enobarbo de Ernesto Arias, que está a punto de hallar entidad completa como personaje, y que el actor emprende con una sapiencia estratégica determinante; el resto quedan algo escurridizos o insignificantes. Rafa Castejón realiza un mensajero con firmeza iluminadora; mientras que el Lépido de Fernando Sansegundo da muy bien el tono como triunviro. Quizás el Octavio de Javier Bermejo posea una soberbia juvenil algo estereotipada. Merece la pena destacar a Luis Rallo en su Mardián, pues este carácter es realmente coherente con el mundo egipcio, oracular y mágico. Caracterizado de manera espectral nos traslada al hermetismo. También hay que subrayar el papel de Carmiana, la sirvienta de Cleopatra, que Olga Rodríguez acoge con paciencia y juicio a partes iguales. Que en esta obra se viaje a varias ciudades, sin que la escenografía cambie radicalmente, implica que debemos observar el simbolismo que posee el invento sugerente y efectivo de Ricardo Sánchez Cuerda. Las puertas giratorias y los ventanos ocultos que se van abriendo en esa gran estructura cupular y, a la vez, cuadrangular, insiste, precisamente en aspectos geométricos alejandrinos, en el pragmatismo romano y hasta en el orfismo. Si había que huir del naturalismo cinematográfico usual, me parece muy acertada. La iluminación de Javier Ruiz de Alegría supone gran complejidad entre tanta negrura, y nos descubre una gama de colores metálicos preciosista y lujoso. En cuanto al vestuario de Gabriela Salaverri, es justo afirmar que también ha logrado un punto de equilibrio agradable, pues le ha restado mucho empaque militar, y eso nos reconcilia con lo cercano e íntimo. Además, Ana Belén se muestra esplendorosa con los plisados. A todos estos elementos se le suma la música de Luis Miguel Cobo, que acentúa el orientalismo y le aporta los vientos que confirman esa melancolía del desierto. La factura de la propuesta es altamente consistente, grandiosa y original. Antonio y Cleopatra es una obra extensa, con multitud de personajes que aquí han sido reducidos muy razonablemente; pero que contiene casi de todo. El trasfondo histórico permite los encuentros exóticos que remiten a los amoríos de Eneas y Dido y, por lo tanto, a unos orígenes como los que aquí se propician para una nueva era. Todas las ambiciones humanas se exponen como un catálogo incontrovertible, para que sus máximos protagonistas caigan presa de su insensata altivez o, quizás, de su desesperada huida hacia adelante, una vez los dioses les han abandonado. Su epílogo se alarga innecesariamente; aunque José Carlos Plaza ha favorecido un ensamblaje de las escenas tan medido, que el ritmo apenas decae. Salvo por los aspectos cómicos que he señalado al principio, pienso que este espectáculo posee atractivo suficiente como para que lo mantengamos en el recuerdo.

Antonio y Cleopatra

Autor: William Shakespeare

Traducción y versión: Vicente Molina Foix

Dirección: José Carlos Plaza

Reparto: Ana Belén, Ernesto Arias, Javier Bermejo, Rafa Castejón, José Cobertera, Elvira Cuadrupani, Israel Frías, Lluís Homar, Carlos Martínez Abarca, Luis Rallo, Olga Rodríguez y Fernando Sansegundo

Escenografía: Ricardo Sánchez Cuerda

Iluminación: Javier Ruiz de Alegría

Vestuario: Gabriela Salaverri

Creación musical: Luis Miguel Cobo

Director adjunto: Jorge Torres

Caracterización: Toni Santos

Ayudante de escenografía: Juan José González

Ayudante de vestuario: Mónica Teijeiro

Ayudante de iluminación: Leyre Escalera y Óscar Sainz

Producción: CNTC y Festival internacional de Teatro Clásico de Mérida

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 7 de noviembre de 2021

Calificación: ♦♦♦

Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

donar-con-paypal
Patreon - Logo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .