Cada átomo de mi cuerpo es un vibroscopio

Eva Rufo y Esther Ortega nos transmiten las vivencias de Helen Keller y su maestra en un espectáculo inconcreto

Cada átomo de mi cuerpo es un vibroscopio - Foto de MaríaLaCarteleraDesde luego, a priori resultaba muy intrigante descubrir cómo se podía llevar a escena la vivencia de la famosa Helen Keller, aquella mujer que se quedó sorda y ciega después de pasar una tuberculosis (parece la hipótesis más razonable) a los diecinueve meses de haber nacido. La película El milagro de Ana Sullivan contribuyó en su momento a que su ejemplo se volviera más acuciante, especialmente para todos esos estudiantes de estudios relacionados con la pedagogía. Evidentemente, la estética, en su sentido más amplio (arte y sensaciones), parece el camino más apropiado para incidir en los lenguajes que nos puedan aproximar a esa entelequia que supone especular, no ya sobre el pensamiento y las percepciones de una persona corriente, tan manipulada por la vista, sino de alguien que requiere necesariamente acudir al tacto y al olfato para alimentar su imaginación. Así lo refleja ella misma en el libro El mundo en el que vivo, obra que ha inspirado a Eva Rufo para lanzar su propuesta. Es más, en el capítulo «El poder del tacto» leemos: «Cada átomo de mi cuerpo es un vibroscopio. Pero mis sensaciones no son infalibles». ¿Somos los espectadores arrastrados a ese itinerario del tacto y del olor? ¿Se nos induce a la configuración de un imaginario inicialmente endeble, pero luego enormemente complejo? La respuesta tajante es que no, y esto me parece incomprensible. Mi primera conclusión es que este montaje no es pertinentemente artístico; es decir, casi ninguno de los enfoques ha resuelto estas cuitas. ¿Se induce a la imaginación poniendo imágenes como hacen las videocreaciones de David Martínez? ¿La luz permanente de Javier Ruiz de Alegría responde a la oscuridad que Keller debía sostener en su cabeza? ¿Y el texto? ¿Desde qué punto de vista está escrito? Parece que desde el observador externo, que es capaz de puentear la duda y de rellenar, diría que poéticamente, un proceso de compleja intelectualización. Ya que Keller, como señala, llegó a tener en la cabeza a Shakespeare, a Molière, a Shelley, a Homero o a Lewis Carroll (la lista es interminable) para después convertirse ella misma en escritora. Para llegar a ello, las dificultades fueron máximas; y solo en este punto me parece que la obra tiene algo que decir, y esto solo ocurre después del prólogo, una vez se asume que, si se hace de Helen, solo puede ser desde la ceguera y la sordera hasta el final. Así que la función cobra fuerza propioceptiva justo después del prólogo cosmológico, cuando Esther Ortega se enmascara de Anne Sullivan, aquella maestra que acudió para auxiliar a unos padres desesperados y que tuvo que emplear procedimientos que hoy juzgaríamos como poco pedagógicos. ¿Qué hacer frente a una semisalvaje? ¿Se expresan auténticamente los aprietos que tuvo para educar a su pupila? ¿Se refleja sinceramente la cuestión tan traída de la violencia? (Recuerdo un artículo de Savater sobre el caso). Esto se edulcora al máximo y se reduce al descubrimiento de algunas palabras a través del lenguaje de signos expresado sobre la palma de la mano, sobre todo ‘agua’, convertida simbólicamente en el origen de su futuro lingüístico. La actriz trabaja con fuerza y como una sombra activa que acompaña a su discente. Cuando ambas se compenetran corporalmente, el montaje cobra intensidad y sentido, y todo lo demás parece realmente accesorio. Solo me convencen en la cercanía, cuando se me exige intuir la mente inasible de esa muchacha perdida. Igualmente, cuando Eva Rufo es plenamente Helen Keller y se esfuerza por encontrar luz en la oscuridad, y sus movimientos son torpes y dubitativos, la intérprete demuestra su buen hacer. ¿Por qué no siguen por esa línea? Seguramente porque Rakel Camacho (fundamentalmente ella) y David Testal, quieren despliegue y quieren collage llamativo, y quieren frases sapienciales en un batiburrillo para que el público haga la coctelera en su mollera (eso es caer en el emotivismo); pero lo que consiguen es evidenciar una carencia de ideas tremenda, principalmente puesto que exprimen tanto el alejarse de la biografía de la protagonista —como si no se pudiera biografiar desde otras visiones artísticas que no sean la naturalista—, que cargan el espectáculo con situaciones inconsistentes e insignificantes. Es decir, varios de los hitos relevantes de la existencia de Keller se obvian —se entiende que a propósito—. En su lugar, pasa un hecho que merece detención. Volvamos al inicio de todo, a los instantes en los que somos ubicados en nuestras butacas, cuando suenan unas voces que responden a la pregunta: «¿Qué cambiaría de mi vida si volviera a nacer?». Ya se pueden imaginar las respuestas: «Haría más de esto y menos de aquello». «No cambiaría nada». «Me hubiera esforzado más en aquello y me hubiera permitido eso otro». Si esta es una premisa de la dramaturgia, es decir, si la propuesta parte de eso, entonces el argumento va como sigue: Si Helen Keller, que era sorda y ciega, consiguió graduarse en la universidad y escribir libros, tú no tienes excusa para realizar lo que te propongas. Conclusión: Si quieres puedes. ¿Debemos observar la veta de la autoayuda? Porque… qué se debe pensar del hecho de que manden al pairo a sus personajes y las dos actrices, en el sempiterno coladero autoficcional, auto yo que yo que yo, nos cuentan qué les hace vibrar y nos hablen de su vida personal, íntima y familiar. ¿Es esto coherente? ¿De verdad hoy en día los actores y las actrices no se pueden resistir a su pulsión egocéntrica? ¿De verdad debemos asumir que existe un paralelo entre la superación de aquella sordociega y las supuestas superaciones existenciales de dos actrices que se plantan sobre un escenario? Pues entonces, si este es el fin (o el medio), la sustancia Rufo-Ortega es etérea (por mucho que Testal se quiera poner místico y sicomago universalista). Ya saben, todos somos incapaces en alguna medida y debemos superarlas (o no). Aquí no hay concreción. Es una generalidad. Desde ese instante —y todavía era pronto— la obra se aniquila porque se nos carga con texto, con explicaciones, con vídeos documentales sobre Keller, porque se baila a Franco Battiato como si así apareciera el «centro de gravedad permanente» que le salve del abismo existencial, no ya a Keller, si no a Rufo, y unos hilos como rayos láseres que se cortan enseguida, y unas bombillas como luciérnagas (ahí sí que el trabajo de Ruiz de Alegría posee potencia y hermosura) y un exabrupto tontorrón con la espada jedi por aquello de la Fuerza. Keller intenta regresar al cuerpo de Rufo, y volver al agua; pero por el camino se han dejado el misterio y, sobre todo, y principalmente, la construcción quebradiza de la imaginación, donde los sueños avanzan con impetuosidad hasta emular la realidad.

 

Cada átomo de mi cuerpo es un vibroscopio

Dirección: Rakel Camacho

Dramaturgia: Rakel Camacho y David Testal

Idea original: Eva Rufo

Reparto: Eva Rufo y Esther Ortega

Espacio escénico: José Luis Raymond

Diseño de iluminación: Javier Ruiz de Alegría

Videoescena: David Martínez

Música y espacio sonoro: Miguel Gil

Diseño de vestuario: José Luis Raymond e Igone Teso

Movimiento: Julia Monje

Creación sobre sistemas de comunicación y asesoramiento de sordoceguera: Julia Monje

Asesoría en accesibilidad: Esmeralda Azkarate-Gaztelu

Canto difónico: Pedro Duran

Ayudante de dirección: Teresa Rivera

Dirección de producción: Fabián Ojeda Villafuerte

Ayudante de producción: Paco Flor

Asistente de producción: Albert Suárez

Diseño gráfico: MaríaLaCartelera

Fotos de escena: Bárbara Sánchez Palomero

Dirección técnica: Armar S.L.

Equipo técnico: Bernardo Pedraza y Mario Pachón

Construcción: Mambo Decorados

Jefa de prensa: María Díaz

Distribución: Nuevos Planes Distribución (Susana Rubio)

Producción ejecutiva: Producciones Rokamboleskas

Una producción de Producciones Rokamboleskas en coproducción con Teatro de La Abadía y Hugo Álvarez Domínguez

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 3 de octubre de 2021

Calificación: ♦♦

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