Edipo

Paco Bezerra y Luis Luque firman en el Teatro Español una adaptación deshilachada del mito clásico

Edipo - Foto de Jesús UgaldeVolver a la figura clave del teatro sofocleo implica darle nuevos aires, ahondar en perspectivas inéditas y resignificar el símbolo esencial para demostrar que seguimos impresionados por su repercusión. Como han hecho otros tantos en los últimos tiempos, desde Sanzol hasta Sergio Blanco pasando por los portugueses Companhia do Chapitô o Gabriel Olivares con mayor o menor relevancia. Por ejemplo, debemos evaluar si el tabú del incesto sigue consternándonos de forma similar o si hasta nuestra supuesta liberalidad es capaz de quebrar un hecho tan oscuro. Paco Bezerra, quien ya intervino en otro clásico como Fedra, ha tramado un relato muy desigual en su intensidad y en su cohesión, que ha repercutido en la fallida dirección de Luis Luque. A lo mejor se buscado reconciliar a demasiados públicos con intereses diferentes. La pareja artística nos ha ofrecido montajes de gran calidad en los últimos tiempos —véase, por ejemplo, Las criadas, obra deudora estéticamente de este Edipo, y que volverá esta temporada a las tablas—; pero creo que esta vez demasiados elementos permanecen deshilachados y que el conjunto carece de la consistencia y del sentido unitario que se desearía. Uno de los hechos que destacan más negativamente es el de la estructuración tanto conceptual como dramatúrgica. Podemos hallar tres actos dominados por un motivo estético que provoca intensidades muy diferentes que no se enlazan en la caracterización esencial del protagonista. A saber, en los primeros instantes se pretende crear una atmósfera de carácter cosmológico, nuevamente Monica Boromello hace uso del azul Klein para diseñar un cielo con una gran escalera disimulada en el fondo que se ilumina como el rayo premonitorio que ha fulminado a Edipo y, después, como un símbolo de ascenso y caída del héroe, de segmento que une el universo determinista con el fulgor del Tártaro. Desde este punto de vista, posee una intención considerablemente positiva y favorecedora. Por otra parte, quizás el maximalismo de la propuesta no se termine de aprovechar por parte de un elenco que resulta un tanto empequeñecido, máxime si la iluminación de Juan Gómez-Cornejo redunda en los tonos más oscuros. Precisamente se observa esta cuestión última cuando el grupo, cual coro enmascarado, ejecuta con poco virtuosismo una serie de movimientos coreografiados para dar la bienvenida al protagonista. Sí que parecen más compactas y ágiles las formaciones que los cuerpos elaboran para sostener y movilizar a la esfinge. Esta la interpreta a pecho descubierto la joven Julia Rubio, quien se entrega con similar energía a la que mostró en Marat-Sade. Además, el vestuario minimalista y eficiente de Almudena Rodríguez Huertas contribuye a una lógica que da más unidad sígnica que el resto de elementos. Azul, rojo, negro, blanco son colores que trazan el relato. Una de las buenas ideas de Bezerra ha sido introducir a un döppelganger, lo que ocurre es que únicamente se establece como un marco. Darle paso en el inicio, oculto por un casco negro, como la sombra del augurio, para comenzar una enseñanza cargada de ideas fértiles que requieren un proceso, y no volverlo a sacar hasta el final, deja un hueco que no se llena con diálogos suficientemente generosos. Y es que nos encontramos con el problema dramático de enlazar una exagerada cantidad de anagnórisis difícil de asimilar en tan poco tiempo. Desvelar esos secretos, introducidos previamente por una tópica música de Mariano Marín que nos induce a pensar en películas de detectives o agentes secretos, deja la profundidad del argumentario en poca cosa y, al resto de personajes, excesivamente deudores del rey. En cualquier caso, Alejo Sauras, quien se emplea con más enjundia en el colofón; deja una interpretación general algo timorata, falta de virilidad. Ha luchado, ha matado, es un monarca, es celebrado por un pueblo, ha desvelado los enigmas de un monstruo; pero ya nos anticipa sus cuitas con taciturnidad. Se nos usurpa gran parte del contexto; no obstante, debemos imaginar una sociedad regida por las supersticiones. Muy distinto es el Creonte que encarna Álvaro de Juan. No puedo más que insistir en lo buen actor que es este muchacho. Su expresión corporal —aunque sea de corta estatura—, tan dura y con esa dicción tan profesional y elocuente. Podríamos especular cómo habría sido este montaje si él hubiera sido Edipo —lástima que no protagonice ninguna serie de éxito en TVE para atraer espectadores a Mérida y ahora al Español—. Se echa de menos más empaque en las demás interpretaciones, pues la Yocasta de Mina El Hammani es tan juvenil como carente de hondura regia, para evidenciar la catástrofe —su desaparición es un visto y no visto—. Tanto Alejandro Linares como Andrés Picazo, haciendo de mensajero y de esclavo respectivamente, cumplen con comedimiento sus papeles. Peculiar se muestra el Tiresias, más por el choque inesperado de ver a una chica china (Jiaying Li) hablando en chino como si estuviera consultando de I Ching. Ahora, reflexionemos sobre si propicia el concierto iluminador con el desdichado hijo de Layo. Yo creo que no; porque es una escena escueta, fría e intempestiva. El nudo de la función son hilachas, y cuando regresa la sombra a dialogar y a confirmar su identidad, el pulso climático no es el requerido. Bezerra carga su texto in extremis con un monólogo que busca recuperar al público. Una retahíla de antítesis, de contrastes, de paradojas, donde vuelve a caber la posibilidad del libre albedrío o, al menos, la incertidumbre. Demasiado tarde como para levantar el espectáculo. Edipo debe enfrentarse a las llamas, porque en esta versión no es una plaga la que asola Tebas. Si nos quedamos con el éxodo de la obra —como en la tragedia de Sófocles—, parece que en este caso la duda existencial diluye el auténtico sentido religioso que sustenta el mito. No pensamos, ni por asomo, en la verdad exigida por Apolo; ni en la purificación de Edipo, ya que su existencia más parece un timorato bildungsroman propio de alguien que busca la vida adulta; pero sí que reconocemos esa autognosis que el oráculo de Delfos auspiciaba: «conócete a ti mismo». No se puede negar que este proyecto carezca de ideas potentes; pero estas no terminan de fraguar con la solidez anhelada.

 

Edipo (a través de las llamas)

Autor: Paco Bezerra

Dirección: Luis Luque

Reparto: Jonás Alonso, Mina El Hammani, Álvaro de Juan, Jiaying Li, Alejandro Linares, Andrés Picazo, Julia Rubio y Alejo Sauras

Diseño de iluminación: Juan Gómez-Cornejo

Diseño de vestuario: Almudena Rodríguez Huertas

Composición música original: Mariano Marín

Diseño videoescena: Bruno Praena

Diseño de escenografía: Monica Boromello

Coreografía: Sharon Fridman

Asistente de coreografía: Arthur Bernard

Maestro de máscaras: Asier Tartás Landera

Residencia de ayudantía de dirección del Teatro Español: Víctor Barahona

Una coproducción de Festival Internacional de Mérida, Pentación Espectáculos y Teatro Español

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 31 de octubre de 2021

Calificación: ♦♦

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