Anfitriones

Una dramedia firmada y dirigida por Inge Martín sobre las contradicciones inherentes a cierta progresía biempensante

Anfitriones - Joaquin Pérez Fuertes
Foto de Joaquín Pérez Fuertes

A priori, el planteamiento que uno atisba con este Anfitriones (creo que el título no es el más acertado, pues es entre insignificante e inconcluso) puede parecer un tópico; no solo de nuestro teatro —y cine— contemporáneo, sino también de esos modos burgueses de finales del XIX y principios del XX que buscaban, a través de la discusión matrimonial, una catarsis en el espectador bien avenido. Pero si en la forma es un lugar común, en el contenido es una interesante incursión en lo que últimamente se denomina, con tanta insistencia, la superioridad moral de la izquierda (que, además, viene ya de lejos). Y es en el tema y cómo se desgrana conceptualmente, donde radica su pertinencia. Por supuesto que los referentes cercanos nos llevan a Un dios salvaje, de Yasmina Reza o, en los últimos años, a obras como Los vecinos de arriba, de Cesc Gay o Demonios, de Lars Noren. O, una vez introducido el móvil en escena, a Perfectos desconocidos. Día de hecatombe, de sinceridad desaforada tras la batalla dialéctica, en la que los argumentos (falacias, en realidad) ad hominen campan a sus anchas y se decide que en esa jornada la amistad forjada en décadas o las convenciones cívicas de gentes que saben estar, van a saltar por los aires para no conceder esperanza a la redención. Los anfitriones, Daniela y Gustavo, han convocado a dos de sus más acérrimos amigos, para hacerles una confesión y pedirles un gran favor. La estructura posee la clásica tripartición, donde el preámbulo nos permite conocer a los cuatro protagonistas, antes de adentrarnos en un nudo fascinante y en la conclusión algo abrupta, no obtante, consecuente. Desde luego, la construcción y la conjugación de los caracteres son algunos de los méritos de la dramaturga Inge Martín, pues ha sabido dotar a cada uno de ellos de la complejidad que supone hoy en día la asunción de las contradicciones. Siquiera se sale de esta dinámica el único que ya ha superado la pertinaz dicotomía que tortura a todos aquellos que anhelan la pureza de su ideología y que defienden la coherencia de su existir. Pues, José Luis Alcobendas interpreta a Robert, un escritor afamado, que tiene la madurez suficiente y el desencanto necesario para reconocerse sarcásticamente imbécil. El actor despliega su firmeza más aplastante para colorear el espectáculo de un cinismo entre maquiavélico y mefistofélico, alguien que, al menos, acepta la hipocresía que nos rodea y prefiere no hacer el ridículo con las expresiones de buenismo moralista que nos atufan por doquier. Incluso, a la postre, resulta ser quien posee mayor sentido común y ofrece las reflexiones más sensatas, una vez ha lanzado sus críticas más acerbas a los comensales. Es, desde mi punto de vista, el personaje más sagaz y persuasivo, pues es capaz de catalizar las sinergias y las conflagraciones para apartarse en el último instante. La otra invitada es Verónica, que es quien primero irrumpe en escena alimentando el aire a comedia. Ya sabemos que Lucía Quintana se maneja con igual soltura en la tragedia que con papeles más alocados. Es una actriz todoterreno que sabe resolver cualquier reto con una profesionalidad incuestionable. Aquí llama la atención por su papel de mujer perteneciente a una clase sociocultural inferior a los del resto. Madre de dos hijos, una corriente secretaria sin despacho en la empresa donde Gustavo es directivo, divorciada, e instagrammer anacrónica que intenta adoptar ridículamente el lenguaje de los millennials haciendo directos y colgando poemas que, presumimos, encajarán en la definición de la seudopoesía que corroe las redes. Pero la cuestión es: ¿para qué les han llamado con esa premura? Dani, que es dramaturga y que está interpretada por la propia Inge Martín, quien aprovecha para promocionar su obra desde dentro en un guiño metateatral, y que ha estrenado una obra titulada, claro, Anfitriones, y que parece que o no es acertada (según da a entender su marido) o es pretenciosa en demasía, según el estricto y experto Robert. Quizás la actriz se mantiene interpretativamente con un tono algo bajo como para resultar creíble en su solidez y como para «competir» dialécticamente con sus invitados y con su esposo. Ciertamente, luego se crece; pero creo que ya es demasiado tarde como para darle suficiente entidad a su personaje. Otro asunto es la dirección de la que ella también se encarga. Me parece que ha logrado el ritmo necesario, algo que comprobamos en una serie de puntos muertos que dan oxígeno a los embates para que estos no se embarullen. Resulta que ella y su pareja iban en coche y se toparon con un grupo de muchachos que escapaban en ese momento del CIE de Aluche, y han pillado a uno de ellos. Y como parece que estaban esperando (sobre todo ella) una oportunidad para ganarse el cielo, aunque Dios haya muerto; pues, parece que la culpa que cae sobre sus hombros por vivir mejor que en Siria se hace insoportable para su ideología soteriológica; ya que, ni cortos ni perezosos, se llevaron a un menor inmigrante (migrante o refugiado, se desconoce el pedigrí humano) a su casa. Si eso no es bondad, ya me dirán qué lo es. Lo gracioso es que la vida tiene sus compromisos sociales, y ese fin de semana van a llegar los suegros de Dani. Así que Mohamed no puede quedarse en su piso, y mucho menos herido. ¿Y por qué no pedirles un favorcito a sus amigos Robert y Verónica? Al fin y al cabo, hace veinte años, cuando estaban a punto de asaltar los cielos, escondieron a un insumiso. Que ambos se nieguen a ejecutar tal insensatez, propicia todo tipo de disputas de corte político; porque, aunque no se profundiza en ello, no deja de ser una manifestación de las inevitables incongruencias en las que va a caer cualquiera que afirme ser de izquierdas (teóricamente o con un simple voto de nada) y se vea incapaz de llevar su ideario (¿cuál será?) a rajatabla en la práctica. Entra en juego el trabajo de Verónica, quien podría ser despedida, y, además, su teléfono móvil, la nueva arma de destrucción masiva, pues a través de la difusión de ciertas informaciones o vídeos o fotos puede acabar con el prestigio y con el honor de su amigo, ya que el juicio del pudridero tuitero es más vitriólico e indeleble que la sentencia de un juez profesional. Así, evidentemente, tenemos a Bruno Ciordia, quien hasta ese momento había sido un buen aliadito, un seguidista de su querida esposa, a la que no quiere soliviantar, demostrando su furia sobrevenida. Instante en el que ya nos lo creemos. Toda esta temática del quiero y no puedo progre ejerciendo el poder a discreción, en su apartamento moderneque —así nos lo presenta escenográficamente el escultor Carlos I. Faura—, con su mueble-bar ahíto de botellas y con las copas que recibirán el caldo idóneo para esa velada, y con una obra magnífica del propio escenógrafo. Preciso para lo que se pretende describir. De esta manera, cada diatriba expresa y tácita nos compete porque es a lo que permanentemente estamos siendo convidados con la máscara neoliberal de los pecaminosos izquierdistas de bien. Una pieza breve, concisa y tajante, con más enjundia de la que parecía al principio. Una dramedia engañosa e irónica en su comicidad; pues no deja de ser también una crítica al absurdo al que se llega a través de la exposición pública en las redes sociales. Anfitriones, entonces, tiene de casi todo y no puede más que toparse con el impás.

 

Anfitriones

Dramaturgia y dirección: Inge Martín

Reparto: José Luis Alcobendas, Bruno Ciordia, Inge Martín y Lucía Quintana

Ayudante de dirección: Aintzane Garreta

Coordinación técnica: Oscar Laviña Carrera

Diseño de luces: David Nicolas Abad

Vestuario: Erica Herrera

Escenografía: Carlos I. Faura

Producción ejecutiva: Caterina Muñoz Luceño

Diseño gráfico: Sergio Pineda

Teatro Quique San Francisco (Madrid)

Hasta el 12 de septiembre de 2021

Calificación: ♦♦♦

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