Escena – Fin de temporada 2020-21

Resumen con lo más destacado del panorama teatral en estos tiempos repletos de dificultades debido a la pandemia

Atraco paliza y muerte en Agbanaspach - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Como ocurre cada fin de temporada teatral, llega el momento de repasar lo acontecido y hacer sobresalir aquello que más me ha maravillado. Pero antes es necesario reflexionar brevemente sobre cómo ciertas líneas de pensamiento y ciertos modos de expresión van contaminando la escena y las butacas. No es ya que la autoficción nos tenga atufados desde hace tiempo, sino que viene cargada con una moralina autopurificadora de pecadores sufrientes, que uno se percibe como espectador sometido moralmente. Demasiados creadores teatrales han tomado las tablas como púlpito y han cancelado el diálogo con el respetable. Este hecho se podría contrarrestar filosófica y estéticamente si la oferta de ideas (e ideologías) fuera tan variada como antagónica —como sucede, por ejemplo, en la «caja tonta»—. En la «caja culta», la «verdad» brota inexorablemente como una evidencia que necesariamente hay que aplaudir a rabiar puestos en pie. El teatro alcanza tales cotas de indiferencia en el público potencial (el que ya no acude o no empezará a acudir), que apenas cuenta con abucheadores, «haters», críticos inconformistas o gente disgustada por sentir que la toman por imbécil. El éxito del teatro, al contrario de lo que ocurre con otros «productos» culturales es verdaderamente apabullante. O eso parece, si uno se detiene a escuchar las sonoras palmadas y los emoticonos de la cla tuitera. El teatro oficial y oficialista, en términos generales, es seguidista de los discursos hegemónicos y biempensantes. Ni que decir tiene que esto es enormemente negativo para el arte y el pensamiento. Asistir a una función teatral para autoconfirmar tus creencias es una autolobotomización. Y aunque uno puede estar de acuerdo con muchas de las ideas que sostienen ciertos discursos, la crítica tiene una obligación intelectual, estética y ética con un acto preponderantemente público. La crítica seria hace tiempo que está siendo aplacada y esta es, también, una circunstancia a tener en cuenta dado el estado de la cuestión. Entre todo este ambiente, durante la temporada 2020-21, en Madrid, con los teatros ocupados a un máximo del 75% y con el personal enmascarillado disciplinadamente, se han sacado adelante varios proyectos de gran interés. Reconozcamos que las dificultades de todos los agentes de este «mundillo» las han pasado canutas para salir a flote —demasiados, no lo han conseguido—.

Pedro Páramo - Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

El esfuerzo ha sido ímprobo y es pertinente felicitarlos por el empeño. En cuanto a las obras más reseñables, me parece que se pueden dividir en tres categorías: las sugerentes, las que destacan por sus intérpretes (se pueden combinar con las primeras, por supuesto) y las excelentes. De las primeras, puedo resaltar la estética particular de Las criadas, la potencia vigente del argumento que propone Mayorga en el regreso de El chico de la última fila, la controversia tan elocuente de Tribus, el saber hacer de Flotats en El enfermo imaginario, el legado de Gerardo Vera con la grandiosa Macbeth, el sentido existencial que se imprime en ¡Nápoles millonaria!, la revitalización de la mirada sanzoliana en El bar que se tragó a todos los españoles, la fantástica adaptación dispuesta por Anna Maria Ricart y Carme Portaceli en La casa de los espíritus y la pulsión trágica de Troyanas. De la segunda categoría, no queda más remedio que poner ciertos nombres de actores y de actrices que han realizado unas actuaciones memorables, a saber: Tomás Pozzi, en Querido capricho; Pedro Casablanc, en Torquemada; Silvia de Pé, en El caballero incierto; y Ángel Ruiz, en su vuelta triunfal, una vez más, con Miguel de Molina al desnudo. Y si aplicamos la máxima exigencia crítica, tres montajes, desde mi punto de vista, claro, han dejado una impronta destinada a aposentarse en la memoria de los teatreros más allá de la temporada. Me ha parecido fascinante el Pedro Páramo que ha dirigido Mario Gas, un trabajo muy delicado y congruente sobre la novela de Juan Rulfo, y que Vicky Peña y Pablo Derqui han defendido con esplendor. Historia de un jabalí - Foto de Felipe MenaSeguramente, en el proyecto que más afinadas he encontrados todas las artes y los distintos elementos haya sido Historia de un jabalí o algo de Ricardo, con un texto de Gabriel Calderón ajustado exquisitamente y una interpretación de Joan Carreras que es una virguería incuestionable. Y, finalmente, o primeramente, me abrazo al obrón Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach. Otra vez la pareja Nao Albet y Marcel Borràs (junto con la inestimable colaboración y pujanza de Irene Escolar, en otro hito más de su carrera) ha dado un paso más allá en sus pretensiones artísticas y ha rizado el rizo con gran ambición.

La mayoría de ustedes no estarán de acuerdo conmigo, ya voy conociendo sus gustos; no obstante, estas son las obras que quiero destacar. Quizás las fuerzas vivas tengan a bien recuperar varias de ellas; si no, caerán en la esfera de lo efímero, que es lo propio del teatro y de nuestra pertinaz desmemoria.

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