Los papeles de Sísifo

El Teatro María Guerrero acoge esta obra sobre el cierre del periódico vasco Egunkaria dirigida por Fernando Bernués

Los papeles de Sísifo - Foto de MIkel Blasco
Foto de Mikel Blasco

Vayamos al grano del asunto: el texto de Harkaitz Cano es intelectualmente timorato y esa mirada repercute de manera flagrante en la construcción de cuadros y de personajes. Ni es teatro documento, ni es una obra provocadora que recoja las intromisiones del poder y las luchas intestinas en un contexto muy complejo para referirnos el «caso Egunkaria» (aquí llamado Elea). La cuestión es que el montaje llega directamente al Teatro María Guerrero, ni más ni menos, con un elenco de once intérpretes (más otros intérpretes de sustitución para las funciones en vasco). Todo un despliegue de medios humanos para representar el drama de un primerizo; aunque con la dirección del ducho Fernando Bernués, responsable de la compañía Tantakka Teatro, que ya trabajó con Alfredo Sanzol, actual director de CDN (sería mucho afinar la vista; pero me dio la impresión de que el vino llevaba como etiqueta «La calma mágica», quizás me equivoque). El apoyo de las instituciones vascas parece poderoso. Y es que el tema, a priori, incita. Cada uno que ate sus cabos; pero ya afirmo que todo resulta naíf en relación a lo esperable para un caso que generó una relevante controversia. No obstante, en la parte final la intensidad y el ritmo imprimidos logran transmitir una mayor carga de verosimilitud, los dos mundos paralelos que se establecen desde el inicio no están configurados con suficiente seriedad. Pero de lo que adolece sobre todo este montaje es de contexto. Se toma una distancia tan salvífica, que prácticamente en ningún momento penetra el ambiente de tantos años de terrorismo, de flagrantes luchas políticas, de las rupturas dentro de la sociedad civil y de lo que implica publicar un periódico exclusivamente en euskera (el único) con un ánimo de defender humildemente una lengua y una cercanía a una población, y que por eso se sospeche de tus filias (cuando «todo era ETA»). El ambiente que expele la redacción de ese rotativo es la propia de un insignificante diario de provincias que funciona al trantrán. La cotidianidad resulta bastante anodina y parece que su burbuja se anquilosa en un encuadre espaciotemporal desconocido. Teatralmente, desde luego, no somos dispuestos a un enfrentamiento agónico y esforzado, sisífico, heroico; porque parece que fuera no existen los enemigos. Y eso que hablamos de 2003, cuando Aznar se codeaba con su amigo Bush, como se nos recuerda. Año aquel en el que, unos doce días antes de que se clausurara Egunkaria, había sido asesinado Joseba Pagazaurtundúa (cuatro tiros) por ETA en Andoáin, es decir, localidad donde estaba la sede de dicha publicación. Digamos, entonces, que la distancia que toma el autor a la hora de acercarse a la atmósfera de aquellos meses es un tanto sesgada, y me quedo corto. Señores espectadores, por aquellos lares no pasaba nada, ya ven. Por otra parte, es razonable pensar que el cierre de Egin (un diario con una línea editorial que compraba parte del ideario y algunas acciones, como la kale borroka, de la banda) en 1998, debido a la intervención del juez Baltasar Garzón, debía ponerles sobre aviso de lo que les podía ocurrir si se acercaban al «ofidio». Para que el respetable se pueda meter en la acción y pueda dilucidar por qué se clausura un periódico de esa manera, quizás, aunque sea en un sentido meramente teatral, es conveniente ofrecer un tejido apropiado, potente, controvertido, sospechoso. Lo que aquí observamos, hasta que llegan las torturas, es algo que causa indiferencia. Recordemos, por otra parte, que hablamos de un periódico que tenía 29000 pequeños accionistas, que llegó a tener unos 44000 lectores estimados diarios (cifra en absoluto despreciable). Fernando Bernués dirige la función con visión panorámica, favoreciendo las acciones simultáneas y aprovechando todo el espacio de manera muy sagaz. Ikerne Giménez, que deambula con su guitarra eléctrica a lo largo de todo el espectáculo remarcando un riff que incita al suspense, ha diseñado una escenografía tan versátil como para que se aúnen redacción, juzgados y comisaría. Pero, ante todo, destaca el gran arco frontal donde se proyectan algunas imágenes subyugantes preparadas por David Bernués. Visualmente atrae y favorece la disposición de los elementos. Luego, como avisaba, el trazo con el que se dibuja a los personajes es otro cantar. Demasiados caracteres, para no acabar de redondear casi ninguno. Así vemos a la mayoría de los periodistas, desde la nueva en la plantilla, una bisoña Olaia Gil, que se muestra afectuosa y dispuesta a aprender, hasta el veterano Portu, un Asier Hernández muy firme en sus resoluciones, pasando por Joseba, un Mikel Losada con cierto aire de líder, con principios muy sólidos, conformados con verosimilitud; o Maialen, una Dorleta Urretabizkaia bastante directa en sus juicios; o, para terminar, Txano, un tipo que anhela llevar el deporte a otra dimensión cultural y que Xabi «Jabato» López interpreta con cierto aspecto aquiescente (también podría dar más de sí en la trama, pues parece tener contactos importantes fuera). Luego, Markos Marín, desarrolla el papel de Karmelo Beramendi, el director y, por lo tanto, debemos pensar en el auténtico Martxelo Otamendi. El actor va ganando en enteros y en credibilidad según se acercan los duros momentos que tiene que vivir; la verdad es que se muestra como un jefe quizás demasiado afable para lo que podríamos imaginarnos en alguien con un trabajo tan exigente. Por otra parte, Anjel Alkain encarna a Torregarai (pensemos en Juan Mari Torrealdai), el presidente del consejo de administración. Autor de la novela Los papeles de Sísifo (un gran título que posee reverberaciones metafóricas muy interesantes, si pensamos hoy en lo que significa el papel o los papeles, si pensamos en algunas exclusivas recientes) y es quien debería dar cierta consistencia intelectual, con mucho más desarrollo, al trasfondo del asunto; pero no ocurre así, puesto que tan solo se reparten pinceladas filosóficas muy generales. En el otro lado, realizando escuchas (a la función en castellano le haría falta mucho más texto en euskera, sería lo más sensato, si la lengua fue tan importante para el periódico y era la que usaban con frecuencia), tenemos otra vez más a la caricatura del guardia civil chulesco, obsesivo, flipado y adocenado culturalmente, que encima se hace llamar Torque (por Torquemada). En fin, un descuadre. Esto no quita para que Iñaki Rikarte haga un trabajo fenomenal y hasta macabramente gracioso, con mucha capacidad para forzar la máquina hasta alcanzar una ira realmente desagradable. Su compañero es el poli bueno, un hombre más razonable dentro de lo que cabe, y Asier Hormaza lo acoge con una prudencia muy equilibrante. Alexandru Stanciu hace de secretario con «oído atento»; pero es un personaje bastante ridículo y tontorrón. Finalmente, la jueza es Mireia Gabilondo, y hace lo que puede con un papel sin concreción suficiente como para que el desatino de su instrucción pueda, en alguna medida, justificarse. Uno se queda con que todo es una chapuza extraordinaria y que se sigue adelante porque supones presiones que vienen de muy arriba; pero la cuestión es que delante de nosotros las torturas que se cometen sobre tres de los arrestados son claras. Una denuncia evidente de aquellos acontecimientos, basados en las denuncias y las declaraciones de los afectados. Toda la obra está repleta de sentencias que remiten a los valores épicos (los héroes «lloran mucho. Pero nunca por el dolor físico. Tampoco por miedo: lloran por orgullo») y a las artes del periodismo: «El desafío de un periodista es tratar de recoger aquello que “quiso haber dicho”, el entrevistado; no exactamente “lo que dijo”, sino lo que “él creyó haber dicho”». Se habla más del retraso de la nómina, de deporte y de batallitas sobre la profesión, que de política o de las dudas que podían surgir sobre el enfoque de algunas noticias. Demasiadas omisiones en el texto, inconcreción en las circunstancias, demasiadas escaramuzas para no tomar el toro por los cuernos —aunque las imágenes proyectadas muestren la manifestación real en protesta por el cierre del periódico con ejemplares del Egunkaria en las manos—. El caso de una injusticia, de la expresión soez de aquellos que quisieron rematar la faena y llevarse la fama de la victoria, cuando el camino ya estaba prácticamente recorrido.

Los papeles de Sísifo

Autor: Harkaitz Cano

Dirección: Fernando Bernués

Reparto: Anjel Alkain, Mikel Losada, Xabi «Jabato» López, Mireia Gabilondo, Olaia Gil, Asier Hernández, Asier Hormaza, Markos Marín, Iñaki Rikarte, Alexandru Stanciu y Dorleta Urretabizkaia

Escenografía y música en directo: Ikerne Giménez

Iluminación y vídeo: David Bernués

Vestuario: Ana Turrillas

Dirección adjunta: Kike Díaz de Rada

Ayudante de dirección: Sara Cózar

Fotografía: Mikel Blasco

Diseño de cartel: Equipo SOPA

Coproducción: Centro Dramático Nacional y ANTZERKIZ (Teatro Arriaga de Bilbao, Teatro Principal de Vitoria-Gasteiz y Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián)

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 2 de mayo de 2021

Calificación: ♦♦

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