La máquina de Turing

Claudio Tolcachir dirige con exceso de emotivismo esta obra sobre la vida del matemático Alan Turing

Para el gran público, la figura de Alan Turing ha sido descubierta en los últimos tiempos como un personaje cinematográfico que responde perfectamente a ese esquema de científico malhadado y maltratado por la política o por la religión o por la propia sociedad científica. Pero, más allá del esencial factor humano de este matemático, ahora nos topamos con su nombre ―y lo seguiremos haciendo en las próximas décadas― constantemente; porque no paramos de enfrentarnos al test que lleva su nombre, cuando nos estampamos con esos chatbots que pueblan algunas páginas web y que poco a poco ir ganando pericia intelectual. Ese test consiste en un juego de imitación por el cual un grupo de humanos ha de descubrir mediante preguntas si quien contesta es un individuo o una máquina. Por el momento, todavía, no se ha logrado superar esa prueba, es decir, la inteligencia artificial no ha engañado totalmente a los interrogadores humanos. La máquina de Turing es una obra de Benoit Solès, inspirada en la obra de Hugh Whitemore Breaking the Code, y esta, a su vez, se basa en el texto de Andrew Hodges Alan Turing: The Enigma; por lo tanto, más allá de los artificios de la ficción, se pretende un apoyo sustancial para ofrecer un resultado verosímil. Pero a esta propuesta de Claudio Tolcachir se la puede acusar de algunos aspectos que ya fueron motivo de crítica cuando se versionó para el cine, con aquella exitosa cinta, The Imitation Game, protagonizada por Benedict Cumberbatch. Y hablamos de la personalidad real (o, al menos, aproximada de Alan Turing). Por lo visto, el lógico era ciertamente tímido; aunque no carente de sentido del humor y pasión por el trabajo en equipo. Y, lo que más nos importa aquí, era levemente tartamudo; cuando se colocaba ante una circunstancia que le procurase nerviosismo. Si nuestro protagonista hubiera sido un borderline o uno de esos asperger que ahora tanto vemos en distintas producciones artísticas, tan estereotipados; entonces consideraríamos que Daniel Grao ha realizado un trabajo extraordinario. Pero cuesta mucho pensar en Turing mientras vemos esta función; puesto que ahí hallamos a tipo apocado que permanentemente tartamudea, y de una manera que nos hace pensar en alguna deficiencia mental. Es cierto, que también percibimos momentos de gran emoción, tanto en las narraciones que sirven para que la acción avance y que el mismo Grao destina directamente al público, no faltas de ironía (sobre todo, cuando nos adelanta su muerte, tras morder una manzana con cianuro en 1954) o en situaciones más íntimas cuando se aproxima a uno de sus amantes. Ahí es el instante en el que aparece con mayor pulsión Carlos Serrano, quien tiene que interpretar varios papeles. Primeramente, como inspector de policía que recibe a un señor extraño que afirma haber sufrido un robo en su casa. Una llamada de teléfono a la comisaría de los servicios secretos da el aviso acerca de aquel tipo. El argumento, sucinto para una función de apenas hora y diez minutos, se engrana con un recorrido punteado y algo fugaz de algunos hitos del matemático, esencialmente el archiconocido estudio de la máquina Enigma, a través de su ingenio La Bomba, con la que consiguió descifrar los mensajes encriptados de los alemanes en la Segunda Guerra Mundial, y que, a la postre, permitieron no solo evitar terribles derrotas, sino salvar miles de vidas. Sin embargo, lo que atraviesa con percusión todo el montaje es la desvelada homosexualidad de Turing, en una época donde las multas, la cárcel o, como en este caso, la terapia hormonal eran los métodos ingleses (y de tantísimos otros países) para aplacar el virus de esos sodomitas pecadores. De esta forma, escuchamos cómo a nuestro protagonista le crecieron las mamas. Situación terrible que se nos traslada con cierta aquiescencia para alcanzar un hondo patetismo. Y ese es el problema añadido en la dirección de Claudio Tolcachir que, si bien consigue propiciar un ritmo muy favorecedor para la cohesión de saltos temporales, el tono y la interpretación de los actores busca en exceso la pesadumbre generalizada. Falta contraste, para una vida que no fue oscura de principio a fin. En este sentido, la propuesta escenográfica de Emilio Valenzuela es absolutamente coherente y, en realidad, muy atractiva. Porque ha jugado con inteligencia con tres estructuras enormes, tres prismas que funcionan como armarios y como soportes para la proyección de vídeos muy sugerentes que engrandecen la estética general: observamos a Blancanieves con la manzana (en la relación paradójica de esta historia) o los engranajes de la máquina. También la iluminación pertinente de Juan Gómez Cornejo potencia la oscuridad un tanto sórdida de las noches en callejones de barrios «improcedentes». Este espectáculo, en definitiva, cae en las mismas tentaciones en las que suele incidir el cine comercial: una búsqueda torticera de la emoción, más allá de la verdad.

La máquina de Turing

Autor: Benoit Solès (inspirado en la obra de Hugh Whitemore Breaking the Code, basada a su vez en Alan Turing: The Enigma, de Andrew Hodges)

Dirección: Claudio Tolcachir

Intérpretes: Daniel Grao y Carlos Serrano

Iluminación: Juan Gómez Cornejo

Diseño de escenografía y vídeo: Emilio Valenzuela

Producción ejecutiva: Olvido Orovio

Dirección de producción: Ana Jelín

Producción y distribución: Producciones Teatrales Contemporáneas

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 15 de noviembre de 2020

Calificación: ♦♦

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