Bien está que fuera tu tierra, Galdós

La compañía Venezia Teatro recurre a la autoficción para indagar en la figura del gran novelista a través de una colección anécdotas vitales

Empecemos por el final y sí, destripemos el final; porque realmente tampoco desvelo nada trascendental. No hay misterio que valga. Pero resulta enormemente paradigmático que, para hacer el juego con el título de la autobiografía de Galdós, es decir, Memorias de un desmemoriado (1915); todo el elenco recite cada una de las novelas, cada uno de los Episodios Nacionales, etc. Básicamente representan la sempiterna acusación que se ha realizado sobre los estudios de literatura en los institutos, o sea, soltar la ristra de fechas y de nombres. La reducción al absurdo, a la inutilidad. Puesto que en los noventa minutos de función no se habla del contenido de ni una sola obra. Apenas se recurre a Electra; pero por las cuestiones derivadas de aquel tremendo éxito. Si hemos de aceptar que este montaje va dedicado a todos los públicos, y que eso incluye a los bachilleres y a los escolares (de ahí las campañas que se han organizado); ¿qué podemos sacar en claro?, ¿cuál es el objetivo que se ha marcado Alma García como dramaturga? Bien está que fuera tu tierra, Galdós es un compendio caótico de anécdotas, de subterfugios y de aledaños que en muy poco sirven para que los neófitos, o sea, casi todos los espectadores, se aclaren con la figura del escritor. Y no por que haya que exigir una biografía dramatizada al uso, por supuesto, sino por la falta de profundidad a la hora de plasmar la dimensión literaria, política y sicológica del novelista. ¿De qué sirve un centenario si no se consigue que los lectores acudan a sus textos? Galdós, vale, ante todo y por encima de todo, por sus novelas y por algunas obras de teatro. Esto es una evidencia; pero parece que no. Como no podía ser de otra manera ―pues así se reitera una y otra vez en decenas de propuestas en los últimos años― la autoficción entra en el juego para que los intérpretes de Venezia Teatro hagan de sí mismos y alarguen en exceso un preámbulo en el que nos introducen algo así como el tópico del «manuscrito encontrado». Una supuesta autobiografía apócrifa hallada la Biblioteca Nacional sirve de excusa para emprender ―y nosotros con ellos― el proceso de investigación, de puesta en escena, de work in progress permanentemente interrumpido. Por momentos, es cierto, se concita una extraña naturalidad entre el pasado y el presente, con intromisiones interesantes como la recreación de aquella entrevista que mantuvo Galdós con la reina Isabel II en París entremezclada con un cuestionario sarcástico a nuestro emérito. Se alcanza la farsa y resulta gracioso el asunto. Pero esto llega después de que hayamos partido, una vez se entra plenamente en harina (se tarda en llegar), de su Canarias natal, de un primer amor (luego llegarían muchos más), su prima Sisita, y de la furia con que su madre lo quiso apartar de aquel desvarío. Las semblanzas se suceden de aquí y de allá, como tomadas por azar: la Noche de San Daniel (aquella pacífica manifestación de estudiantes en la Puerta del Sol que terminó en matanza), momento que se aprovecha para colarnos la reivindicación feminista ―si fantasean, ¿por qué no sustituir a los habituales de los cafés matritenses por escritoras y mujeres de pro como Rosario de Acuña o Concepción Arenal?― o el pollo que montó Valle-Inclán, cuando Galdós era director del Teatro Español y no le permitieron estrenar El embrujado o cuando al autor canario no se le permitió entrar en la Academia a la primera. Y meter a Lorca con calzador ―el santo que no falte―. Todo ello, vale para remarcar épocas; pero pasa de puntillas a la hora de conocer cómo se fue cociendo su personalidad en el ámbito político, su ideología progresista, o cómo fue aprendiendo a escribir ―qué autores le influyeron, sus trascendentales viajes a París―. Esta es una obra de guiños, muchos de ellos dirigidos a los posibles adolescentes que acudan a la sala, como el «chiques» o el gesto a lo Spiderman para ahuyentar el machismo o el sonido de la GameBoy por ahí. Y, al igual que en otras ocasiones, la sencillez por bandera; pues la compañía ha llenado de alfombras el espacio para irlas levantando y así encontrar secretos, cartas, revistas, periódicos; y que valga para expresar todas las explicaciones necesarias del proceso. Valorable la entrega de los intérpretes. Macarena Sanz, quien nunca falla, acoge el tono más reivindicativo con las proclamas de corte político y social, tan espontánea y tan directa. Como Esther Isla, quien imprime su habitual fuerza a todos los papeles que interpreta. Se encarna en Pardo Bazán; aunque, no alcanza el erotismo de sus famosas cartas. Alma García se muestra, quizás, algo más comedida. Mientras que Antonio Fernández se convierte en wikitoni, un experto en todo lo referente a nuestro protagonista; y funciona actoralmente como el contraste suave de su compadre Julio Hidalgo. Puesto que este actúa con una energía que logra reactivar cada episodio. José Gómez-Friha dirige el batiburrillo con altas capacidades para que la fluidez sea generosa. Lo hacen bien, claro; aunque uno esperaba mayor hondura en los entresijos literarios ―no tan anecdóticos― de un gran escritor. Si celebramos el centenario de su muerte es porque seguimos considerando válidas sus obras.

Bien está que fuera tu tierra, Galdós

Dramaturgia: Alma García

Dirección: José Gómez-Friha

Reparto: Esther Isla, Macarena Sanz, Alma García, Antonio Fernández y Julio Hidalgo

Espacio escénico: VENEZIA TEATRO S.L.

Prensa: Josi Cortés

Diseño de cartelería: María La Cartelera

Ayudante de dirección: Mora Maira

Diseño de iluminación: Javier Bernat

Producción: VENEZIA TEATRO S.L.

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 29 de noviembre de 2020

Calificación: ♦♦

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