Pedro Páramo

Pablo Derqui y Vicky Peña se enmascaran virtuosamente en los múltiples personajes de la magna obra de Rulfo bajo una dirección meticulosa de Mario Gas

Foto de David Ruano

Un atrevimiento formal es a priori llevar a escena una de las novelas más importantes del siglo XX. Juan Rulfo sufrió para sacar adelante su perspectiva, su estructura y ese conglomerado tan dificultoso que propiciaba un territorio alegórico-dantesco. También sufrió en su vida desde bien pequeño, ya que su padre fue asesinado cuando tan solo tenía seis años. Lo que ha conseguido Mario Gas con la dramaturgia de Pau Miró es, sencillamente, excepcional. El resultado consigue sumergirnos en ese realismo mágico que el escritor mejicano puso en marcha de manera genial. Ni es fácil una primera lectura, ni es factible recoger todos los cabos que se intercalan en escena. No llegan a plasmarse los sesenta y nueve fragmentos; pero se recorre gran parte de la obra y aparecen muchos de sus personajes. Es necesario hacerse cargo de que tan solo dos intérpretes adoptan los más variados papeles y que, además, logran trasladar los puntos de vista, los narradores, las voces, los monólogos y otras técnicas que el novelista ideó (muy influido ciertamente por William Faulkner). «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo». Con esa frase inicial e iniciática comienza un camino, una búsqueda del origen, una respuesta a múltiples interrogantes que ignoramos. Como Telémaco a la busca de Ulises o Edipo en el desvelamiento de su auténtico ser. Nos adentramos en una demarcación tan hostil que simplemente pensamos en un infierno cargado de violencia y de rencor. La escenografía de Sebastià Brosa representa el abandono, la podredumbre, la soledad. Sillas apiladas, dos escaleras desvencijadas que no conducen a ningún lugar y un paisaje semicircular, un gigantesco tapiz donde se refleja una cantidad ingente de imágenes que Álvaro Luna ha creado para trasladarnos esa idea cadavérica, desértica y transparentada como una ensoñación tenebrosa. El conjunto es tan sugeridor como impactante, y juega un papel preponderante en el desarrollo de la función; pues ayuda a asimilar la fantasmagoría. Claramente la iluminación de Paco Ariza es capaz de arrastrar sombras y de potenciar los gestos de la moribundez. Orestes Gas hace sonar las trompetas de un funeral sempiterno para envolvernos en una fragancia de épica y de horror. Hay mucho de las tradiciones paganas de Méjico y de su adorada muerte, con ese sincretismo con las costumbres cristianas. Las ánimas circundan el espacio y conviven con aquellos que se creen aún vivos. Es sencillo reconocer las dos líneas de acción. Primeramente, el hijo, Juan Preciado parte hacia Comala porque así se lo ha pedido su madre. Mientras se dirige hacia allí se topa con Abundio, un Caronte que le indica a nuestro protagonista el camino a seguir; aunque señalando que no hallará más que desolación. En Pablo Derqui observamos a un actor directo, que paladea las palabras como si quiera dejarlas suspendidas en el aire. Su poder nos conmueve y cuando después se meta en la piel del propio Pedro Páramo contemplaremos su metamorfosis, su entregado cinismo y su desgarro pasional. Una lección actoral, como no podía ser menos de un tipo que no ha parado de ofrecernos grandes trabajos (véase el Calígula de hace un par de años). Toda la cobertura que le otorga Vicky Peña con esa pesada carga de personajes tan significativos y simbólicos es, llanamente, extraordinaria. Desde la madre Dolores, hasta Susana San Juan, la única mujer por la que el cacique siente verdadero fervor, pasando por Dorotea, la legítima confidente que, en realidad, desde el principio ha acogido a ese hombre que desea respuestas. Ambos artistas acogen la cadencia casi cinematográfica de cortes y de fracciones que se suceden en ese espacio, en esa hacienda de la Media Luna, que Mario Gas ha marcado con pericia. Igualmente, hay que insistir en que la dramaturgia de Pau Miró es tan efectiva como hermosa. Es una tarea compleja trazar este itinerario, esta selección de piezas. En el fondo nos subsumimos en ese subgénero de la novela caciquil, como, por ejemplo, haría Vargas Llosa en La guerra del fin del mundo, o tantos otros escritores que han querido reflejar esa hostilidad tan asfixiante. El ascenso del hombre fuerte, la caída en desgracia de su hijo Miguel, el único reconocido, esa bestia. O el poder del padre Rentería, finalmente aplacado. El movimiento revolucionario llega a Comala (recordemos que Rulfo vivió de niño la rebelión cristera de los años veinte) y el jefecito actúa con pragmatismo uniéndose al bando que más le conviene. Todas las líneas de acción se concentran en diálogos breves y concisos, expresivos y decrépitos, que se entreveran en un vaivén sorprendente. Un magma de espíritus revisitando el lugar. Esos «murmullos» que aplacan a Juan Preciado. Cuesta mucho imaginarse una adaptación teatral mejor que esta para una obra maestra. Todo el público será concitado a una experiencia, donde la muerte adquiere una viveza de fulgor eterno.

Pedro Páramo

Autoría: Juan Rulfo

Dramaturgia: Pau Miró

Dirección: Mario Gas

Reparto: Pablo Derqui y Vicky Peña

Diseño de espacio escénico: Sebastià Brosa

Diseño de iluminación: Paco Ariza

Música original y espacio sonoro: Orestes Gas

Diseño de vestuario: Antonio Belart

Videoescena: Álvaro Luna

Ayudante de dirección: Montse Tixé

Ayudante videoescena: Elvira Ruiz

Ayudantes escenografía: Paula Font y Francesc Colomina

Agradecimientos: Teatre de Sarrià

Una coproducción del Teatro Romea, Grec 2020 Festival de Barcelona y el Teatro Español.

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 8 de noviembre de 2020

Calificación: ♦♦♦♦♦

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