Matar cansa

Jaime Lorente nos arrastra con su fanatismo a la esencia cruenta de un asesino, a través del texto detallista de Santiago Loza

La hibristofilia es aquel trastorno, aquella parafilia, que fundamentalmente se da en ciertas mujeres, que sienten una irreprimible atracción sexual por los presos, muchos de ellos asesinos cruentos e irreductibles. Mutatis mutandis, contamos en Matar cansa, con un tipo que despierta de su letargo existencial en el momento que recibe una carta de un sicópata con decenas de cuerpos desgarrados y yertos a sus espaldas. Y esta perspectiva, adoptada por el dramaturgo Santiago Loza, al que conocemos por su obra He nacido para verte sonreír, nos permite trazar dos perfiles sicológicos concomitantes, a través de un monólogo revelador. Por otra parte, más allá de éxitos televisivos, Jaime Lorente ya venía trufando buenas actuaciones, y demostrando que ahí teníamos a un actor con futuro y con recorrido. Así lo pudimos atestiguar en El público y en Esto no es La casa de Bernarda Alba. Todos estos componentes nos aseguran una función arrastrada por la inmoralidad, por una horadante pasión orgásmica que se fundamenta en la aniquilación del otro, del ser humano que fallece súbitamente para convertirse en un amasijo de nada despersonalizada. El tipo que se atemoriza con la polilla («trato de aplastarlas sin puntería») y que parasita en el mundo, timorato, sucumbiendo a la epistaxis que aparece en la duda. El intérprete va a manejar el tempo de manera magnífica, con pausas apropiadas, con esos equívocos que contiene el texto y que le hacen retomar su relato más atrás o, incluso, a repetir lo dicho. Porque es necesario que nos traslade la excitación que siente al contar aquellas atrocidades que le inspiran, de la misma forma que el protagonista de su narración percibía como un fuego su acto de violencia. Desarrollada casi como una road movie, una pareja de adolescentes a la caza de prostitutas, de alivios homoeróticos, de desenlaces fulgurantes y tortuosos; de la carencia absoluta de arrepentimiento. Tipos que se nos presentan anónimos, como espectros animalescos y sin piedad. «Él» sin la iniciativa homocida, se deja guiar por el amigo. «Él» se reconforta en la tranquilidad hasta que le llega el calor, la furia que le obliga a proceder como si hubiera entrado en trance. Y nuestro orador necesita regodearse en el detalle puntillista: «ven dos ojos que se desorbitan y lagrimean, los labios temblorosos, el maquillaje corrido, las arrugas, las uñas pintadas, los gestos acumulados de cansancio nocturno, noche tras noche, todas las noches, todo eso ve mientras ella le grita ahogada…». Uno de los puntos realmente destacables de esta propuesta es el efecto metamorfosis. El estilo directo y el indirecto se imbrican y se entreveran hasta que se convierte en una sola y única voz, un monólogo de doble eco, bajo la dirección meticulosa de Alberto Sabina. Existe un prurito y una resistencia: «He tratado de admirar sin caer en la tentación de imitar. Sin perder mi particularidad. Admiro al asesino; pero soy una persona tranquila». Lorente se hace cargo gestualmente desde el temblor del introvertido hasta el poderío de la empatía total, a través de ese ardor, de ese furor que anticipa el ímpetu del verdugo. La sonrisa latente y la mirada fija; luego, se convierten en herida interna. El espectáculo es nebuloso, sombrío, la iluminación de David Picazo marca el contrapicado para que la sombra del horror se extienda como una tenebrosa figura expresionista, como si fuera Nosferatu reencarnado. La amarillez deja a Lorente como un ser demacrado, macilento, carcomido por su insania en ciernes. Es un trabajo preciso, minucioso; seguramente funcionó mejor, en la cercanía, cuando se presentó en el ambigú. La sala grande nos distancia demasiado de la tensión corrosiva de este individuo engatusador que va endiosándose en el saboreo de su admirado. Aun así, nos alcanza con potencia la onda expansiva de la villanía y de la vesania. El peligroso juego de fantasear hospedado en el alma de un asesino es ser algo asesino.

Matar cansa

Texto: Santiago Loza

Dirección: Alberto Sabina

Intérprete: Jaime Lorente

Diseño de iluminación: David Picazo

Diseño de sonido: Rubén Berraquero

Producción: Jaime Lorente

Fotografía e idea cartel: Alba Pino

Fotografía de escena: Pascual Laborda

Dirección artística: Antonio Mateos

Diseño gráfico: Patricia Portela

Una producción de Jaime Lorente con la colaboración de Buxman Producciones

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 22 de noviembre de 2020

Calificación: ♦♦♦♦

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