Las criadas

Una asepsia sicótica sirve para envolver esta adaptación del ya clásico de Genet, con unas soberbias actuaciones de sus intérpretes

Foto de Jesús Ugalde

La obra de Jean Genet, no nos paremos a recordar su vida carcelaria, o la versión de Splendid´s que pudimos ver hace un lustro, continúa estremeciendo y debe ser un aldabonazo para aquellos abnegados que se arrodillan ante sus estupendos jefes. Paco Bezerra se ha inmiscuido en el texto del francés para lograr que la fuerza oratoria cobre nuevo vigor. A su vez, Luis Luque ha dirigido este montaje con sádica exquisitez en la gama de los contrastes. Ambos ya ocuparon esa sala del Matadero para descubrirnos El señor Ye ama los dragones. A priori, el argumento no entraña gran complejidad, dos criadas en un hogar burgués (imaginamos) juegan a envestirse de su señora, y a maltratarse igualmente. La dialéctica del amo y del esclavo hegeliana hace aparición; pues ellas se constituyen a través del deseo de su señora, es decir, esta requiere del deseo de sus siervas para determinarse como dueña; mientras que ellas, en inferioridad, necesitan sentir su utilidad. Está claro que esas dos criadas alcanzan la categoría de lo alegórico. En ellas no está su vida particular, sino su condición de siervas y proveedoras de un sistema, de una estructura desesperantemente sisífica. Solo a través del mal, de la rebelión, puede uno liberarse de esas cadenas tan opresoras. Será aceptable moralmente si el objetivo es la libertad, será deleznable; si la búsqueda es ocupar el puesto fustigador de los señores. Lo interesante es comprobar que no han sucumbido totalmente a la alienación; aunque, por ejemplo, Claire demuestre su acatamiento y su debilidad cuando está frente a la señora con la tisana deletérea. Ellas mismas han urdido una trama para conseguir que el marido acabe en la cárcel; no obstante, lo han soltado por falta de pruebas concluyentes, y ellas no va a poder terminar su obra liberadora. El aura de minimalismo nos aleja del diseño sofisticado que en las últimas décadas abunda en ciertos espacios artísticos y en hogares diáfanos y gélidos de potentados, para aproximarnos al sanatorio o, inclusive, al túnel con luz al fondo que algunos han afirmado observar antes de alcanzar una muerte interrupta. En esa estética hay una ética de la sumisión imposible de superar materialmente. La clase-criada se nos impone esencial y, por lo tanto, irrefrenable. Sin sus amos, se quedan huérfanas de la ira que las sostiene vitalmente, fuera de la indolencia. He ahí su paradoja. Por eso, entonces, es fundamental la concepción escenográfica de Monica Boromello al despojar la escena de todo accesorio decorativo. De hecho, con esas dos gigantescas pantallas blancas y el aprovechamiento totalitario de un suelo azul Klein, tan oceánico y mortífero, potencian realmente en un contraste entre el minimalismo y el maximalismo. La plataforma giratoria central no deja de ser el pedestal que las criadas adoran y que termina por ser su túmulo floreado antes de tiempo. La iluminación de Felipe Ramos es tan precisa como delicada ante un encuadre tan marcado. Otro tanto se debe afirmar del vestuario que ha diseñado Almudena Rodríguez Huertas, pues las dos protagonistas nos trasladan su pulsión «higienizante» de cocineras aviesas. Mientras que la señora luce un vestido, también minimalista, que nos recuerda a Balenciaga, con esa capelina que nos hace pensar en una papisa entronizada. Todo adecuadísimo para la dramaturgia adoptada. Añadamos esa música con reminiscencia a los sintetizadores de los setenta en la configuración del misterio. Aunque Jean Genet establece su texto con un único acto, es fácil detectar tres. Inicialmente, el sarcasmo y la vesania van impregnando la fantasía metateatral de las dos mujeres. Ana Torrent y Alicia Borrachero sacan su artillería interpretativa para destilar aplomo y sicosis. La primera posee un arco actoral enorme, porque debe recorrer vericuetos emocionales más complejos, incluso empáticos; pues ha sido elegida para ser la mano ejecutora. Por su parte, Borrachero, como Solange, se manifiesta con adustez, y hasta con desagrado. Qué bien suelta la «mierda» reiteradamente. En la tercera parte, su monólogo alcanzará una cota dramática genuina, que nos traslada las claves filosóficas y existenciales de un texto ya clásico; cuando ella adquiere la categoría de ama, dueña y señora, y recoge el protagonismo del sistema policial: «Ahora somos las señoritas Solange Lemercier. La acusada Lemercier. La Lemercier. La famosa criminal». Otro enfoque muy distinto es el que recibe Jorge Calvo como señora. En un primer instante, reconozco que me chirría su presencia y que no pude evitar observarlo como un agente glam, como una muñeca despeluchada que nos aproxima a un ambiente onírico. Es un choque, desde luego, y el actor borda la altivez reconcentrada de esa tipa. Solo con pensarlo un poco, ya debemos llegar a la conclusión de que es absolutamente coherente su facha. Al fin y al cabo, la ilusión, la ensoñación, la locura pesadillesca y la psicopatía se vierten sobre un espectáculo que no va a dejar indiferente a nadie.

Las criadas

Autor: Jean Genet

Dirección: Luis Luque

Versión y traducción: Paco Bezerra

Reparto: Alicia Borrachero, Jorge Calvo y Ana Torrent

Diseño de vestuario: Almudena Rodríguez Huertas

Diseño iluminación: Felipe Ramos

Composición música original: Luis Miguel Cobo

Creación de videoescena: Bruno Praena

Diseño espacio escénico: Monica Boromello

Asesoría de movimiento: Agnès López

Maquillaje y peluquería: Moisés Echevarría

Ayudante de dirección: Pablo Martínez Bravo

Una coproducción de Pentación Espectáculos y Teatro Español

Naves del Español en Matadero (Madrid)

Hasta el 8 de noviembre de 2020

Calificación: ♦♦♦♦

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