Fariña

Llega al Matadero la adaptación teatral del exitoso libro de Nacho Carretero como un engrudo bufonesco

Se ha repetido hasta la saciedad que con el libro de Nacho Carretero se produjo un extraordinario efecto Barbra Streisand; pues el secuestro de la edición por parte de una jueza, lo convirtió en toda una celebridad. De ahí a las copias clandestinas y, después, al best seller fue todo un continuo que fraguó en una serie televisiva de estimable factura y éxito. Ahora llega la versión teatral; pero el tono adoptado convierte un tema serio en un espectáculo chusco con poca profundidad. El deseo de multiplicar las escenas, reducidas, a veces, a guiños o chuflas (véase la aparición del Emérito o la chorradita de Falcon Crest) propende en esa idea televisiva de show a lo José Mota. El humor gallego ―si aceptamos los estereotipos― percute con más enjundia en la retranca y en la ironía; y se desbarata cuando se pone evidente y recarga el mensaje manifiesto (algo que ocurre demasiado en esta función). En este último sentido, el montaje se infantiliza y se pone populista en demasía para conquistar a un público que, a tenor de lo observado, llega motivado por la serie de televisión. Es un respetable que acepta el convite y jalea durante el espectáculo, y que aplaude generosamente al final. Cada uno de los actos, de los años, del tipo de droga, dan para una obra; juntarlo todo no consigue detallar las diferencias tan innegables para la sociedad gallega entre traficar con un producto o con otro. Quizás falta rascar más en el hecho de por qué se permitió que eso ocurriera durante tanto tiempo; pues es indiscutible que las autoridades competentes tenían conocimiento de ello. La operación Nécora fue en 1990, cuando el daño social, no solo en Galicia, sino en toda es España había sido más que indudable en una juventud diezmada. Sigue siendo un tabú indagar sobre las causas y las negligencias de aquella hecatombe de caballo y de sida. Se juega, además, en esta amalgama sin rumbo, a la colmena de personajes despersonalizados, al teatro documento con su buena ristra de datos para concluir con una lección sobre la tropelía, a los sketches microhumorísticos aderezados con el rock (tema incluido de Novedades Carminha que no es cualquier cosa, eso sí), el folclore (verbena estival imperdible) o la regueifa para dar un repaso a todos los «prohombres» galaicos. Añádase a esto la parodia alegórica de la Coca (zumbadera colombiana con María Vázquez dándolo todo) y el Hachís (con Marcos Pereiro de morito cachondo); más luego con la Heroína como un Mefistófeles dispuesto a ganarse los acólitos eternos). Digno de un anuncio de la FAD (pobre juventud); menos mal que no incluyeron el eslogan. Si seguimos la senda gallega, huele mucho el estilo al Eurozone de sus paisanos de Chévere. Al menos, José L. Prieto y Nacho Carretero, en este deslavazado texto teatral, han posado el vuelo con la escena de Carmen Avendaño, la madre coraje que se puso al frente de unas protestas lo suficientemente sonoras y mediáticas como para que, por fin, se hiciera algo. Era el momento de la heroína, del auténtico destrozo. Demasiado contraste pasar de los jueguitos de palabras y los chistitos de aquí y de allá, a la tensión y a la furia de una señora que no teme por su vida. No obstante, hay que volver a la carga y la operación Nécora se transforma en el show de Garzón, con todo el elenco luciendo aquel famoso flequillo cano para emular algo así como La quinta marcha. Es cierto que el ambiente que propicia la escenografía de José Faro nos sumerge en todas las capas y dobles fondos de esa sociedad que ha arrastrado una pobreza proverbial, entremezclada de caciquismo y otros aspectos propios de su idiosincrasia. Puertas giratorias, dos alturas con acceso a una escalera y una batería que se adentra en las actuaciones musicales, dan pie al dinamismo que se fomenta de principio a fin. Más todas las imágenes que se proyectan en la parte superior (algo veladas) para ilustrar los acontecimientos. La iluminación de Laura Iturralde es del todo pertinente y va reconfigurando sensorialmente cada una de las teselas que componen el cuadro. Si algo hay que destacar muy positivamente es el trabajo de sus intérpretes. Cris Iglesias se pone al frente como narradora en distintos momentos y, luego, con gran entrega tanto en los papeles algo grotescos que debe encarnar como en su faceta como baterista. Por su parte, Xosé A. Touriñán se mete, esencialmente, en el papel de uno de esos capos pioneros que comenzaron con el contrabando de tabaco, un Terito de turno que paga verbenas y se gana el cariño de su pueblo sacando fajos de billetes. Una colección de gestos de altivez indisimulada para urdir toda la red de cortejos. Insistamos en el buen hacer, sobre todo cuando llega la hondura, de María Vázquez. Remarquemos que Sergio Zearreta se muestra muy firme y convincente en cada uno de los caracteres por los que se cuela; y que Marcos Pereiro es el más histríonico de todos y que se pasa tres pueblos cuando hay que emplearse a fondo. Mérito también de Tito Asorey; pues nadie podrá negar que el movimiento y las transiciones se llevan de tal manera que uno pasa de una droga a otra, de un año al siguiente con gran fluidez. Esta Fariña viene cortada con exceso de populismo y de bufonada, y esto nos aleja de la pureza y del subidón del original, y de su trascendencia periodística y judicial. ¿Dónde queda el retrato impactante y elocuente de aquella época? Otra vez la charanga y la pandereta para entretener al personal embozado.

Fariña

De José L. Prieto y Nacho Carretero

Dirección: Tito Asorey

Reparto: Cris Iglesias, Marcos Pereiro, María Vázquez, Sergio Zearreta y
Xosé A. Touriñán

Diseño de sonido: Santi Jul

Diseño de espacio escénico: José Faro, Coti

Diseño de iluminación: Laura Iturralde

Diseño de vestuario: Ruth D. Pereira

Tema original: Novedades Carminha

Una producción de Ainé Producións, Undodez y Oqueteño Media

Matadero-Naves del Español (Madrid)

Hasta el 11 de octubre de 2020

Calificación: ♦♦

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