Celia en la revolución

La novela inconclusa de Elena Fortún ha sido adaptada para el teatro con una dramaturgia algo ingenua

Foto de marcosGpunto

Aunque el tiempo pase, no hace falta más que indagar en el imaginario sentimental de nuestros antepasados más próximos para comprobar el efecto que produjo en su momento la lectura de aquellos libros que tuvieron a Celia como protagonista y a Elena Fortún como su autora. La importancia de las primeras lecturas en una persona marca direcciones, hábitos y recuerdos verdaderamente indelebles. La recuperación de la novelista se puede palpar, por ejemplo, en el renombramiento de la antes conocida como Biblioteca Pública de Pacífico y, ahora también, con esta adaptación teatral de aquella obra inconclusa con la que pretendió zanjar la serie; y con un montaje dedicado a su biografía que verá la luz en los próximos meses. Pero la cuestión, creo, a la hora de valorar la propuesta que podemos ver en la sala grande del Teatro Valle-Inclán, no debe radicar en la conjunción de los elementos extraliterarios, ni en lo que ha supuesto para España la guerra civil que aún colea; sino en lo que artísticamente se ha logrado manifestar. Y es que la dramaturgia es tan ingenua como la protagonista. Llevar esta historia, que básicamente transcurre durante el periodo del enfrentamiento fratricida, hasta las dos horas y con un ritmo moroso, lleno de diálogos explicativos en demasía, nos hace pensar hasta qué punto es un texto adecuado para trasladarlo a escena con un público masivamente adulto en las butacas. Por otra parte, la cantidad de personajes planos que trufan la trama nos hacen concentrar toda nuestra atención en la protagonista, una chica de quince años, de familia «bien» republicana, que apenas tiene experiencia de la vida, pues su posición social la ha situado en una distancia segura. Es decir, nos aproximamos a una realidad enormemente compleja a través de unos ojos tan inocentes como extrañamente corajinosos. Aceptaremos que el argumento posee ese aire juvenil que acepta aligerar ciertas complejidades técnicas con soluciones inverosímiles; porque hay que ver qué capacidad tiene esta adolescente para moverse entre ciudades mientras explotan las bombas. Nada menos que Segovia, Madrid (diversas casas, diversas «comodidades» y posibilidades), Valencia, Barcelona. Celia se comporta como una mujer que ha asumido instantáneamente el momento que le ha tocado vivir. Aunque se llega a quedar sola, parece que piensa con clarividencia y valentía, y no duda en buscar acomodo fuera de España. Sin madre, con su padre en el frente, con unas hermanas menores que deben ser atendidas por algunos de esos familiares del otro bando que se han ofrecido. Seguramente, si nos abstraemos de cuestiones narrativas, podemos tomarnos la función como un deambular casi objetivista ―nuestra heroína es, ante todo, observadora― de los desastres de la guerra, donde no se obvian ―aunque el balance es más positivo para los rojos―, las crueldades y las barbaridades de ambos bandos. Otro punto a favor es la escenografía de Mónica Teijeiro, pues ha sabido aprovechar excelentemente la profundidad del espacio, creando diferentes capas y perspectivas que son remarcadas por la iluminación macilenta de Ion Aníbal. También la escenógrafa se ocupa del vestuario y hay que reconocer que se han cuidado los detalles; a pesar de que la protagonista vista durante todo su periplo el mismo vestido. Por otra parte, resulta incomprensible la inclusión de las canciones compuestas por la rapera Mala Rodríguez, es un exabrupto que no viene propiciado por ningún otro elemento estético que justifique tal anacronismo, más allá de recurrir a la moda de modernizar musicalmente series y películas de carácter histórico (gestos y actitudes pop). Finalmente, claro, hay que reseñar el conjunto de las interpretaciones, más desiguales por el tipo de personajes, tan mínimos y escuetos muchos de ellos, tan insignificantes en su desarrollo. Yo creo, definitivamente, que los personajes en su totalidad están deslavazados, descritos con lo mínimo y recaídos en estereotipos que quitan hondura al hecho teatral. Tábata Cerezo se mete en la piel de Celia, posee templanza y soltura a partes iguales, y paradójicamente posee un aura de liderazgo que logra imponer al resto de intervinientes como si hubiera crecido de repente. Así lo vemos en Chema Adeva cuando interpreta al padre (entre otros) o a Pedro G. de las Heras como abuelo. En Rosa Savoini es en quien detectamos más esas frases que pretende remarcar su posicionamiento político cuando se encarna en algunas de esas señoras de misa diaria. Algo diferente ocurre con Trigo Gómez y Ramiro Melgar, acogen tipos masculinos que, en distintas ocasiones, generan incipientes flirteos o disposiciones amorosas que nos hacen trasladarnos a un futuro de pareja; pero no dejan de ser hechos muy tímidos. Me ha parecido magnífica y elocuente Ione Irazabal como Valeriana, la aya; o mientras toca el ukelele. Tanto Andrea Hermoso como Isabel Madolell están mejor cuando toman otros papeles, ya que no chirrían tanto las edades (evidentemente) y su expresión cuando hacen de hermanas pequeñas. En definitiva, Julia Monje pone algo de energía bélica con esos caracteres de mujeres soldado. Sinceramente, pienso que Alba Quintas ha hecho en su versión lo que ha podido con una novela inconclusa, incoherente en algunos fragmentos y que viene impregnada por la estela de lo juvenil. Por su parte, María Folguera ha tenido una gran idea en cuanto a la recuperación de Elena Fortún y quedamos a la espera de su obra basada en la biografía de la novelista.

Celia en la revolución

Inspirada en la novela de Elena Fortún

Versión: Alba Quintas

Dirección: María Folguera

Reparto: Chema Adeva, Tábata Cerezo, Pedro G. de las Heras, Trigo Gómez, Andrea Hermoso, Ione Irazabal, Isabel Madolell, Ramiro Melgar, Julia Monje y Rosa Savoini

Escenografía y vestuario: Mónica Teijeiro

Iluminación: Ion Anibal

Espacio sonoro: Javier Almela

Canciones: Mala Rodríguez

Movimiento escénico: María Cabeza de Vaca

Asesor de ukelele: Guillermo Domercq

Ayudante de dirección: Rakel Camacho

Asistente de dirección: Alba Quintas

Ayudante de vestuario: Vanessa Actif

Producción: Centro Dramático Nacional

Un trabajo de investigación del Laboratorio Rivas Cherif

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 24 de noviembre de 2019

Calificación: ♦♦

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