La perra

Cristina Rojas ha escrito un drama costumbrista que pretende desarrollar las cuitas de una familia entorno al amor

El subtítulo o la aposición que acompaña a La perra es tan significativo como clarificador ―«La necesidad de ser amado»―; y tan humano que uno enseguida espera encontrar unos derroteros que se escapen de un tema que, junto a la muerte, se escribe con mayúsculas en la literatura. Pero no, el texto que ha escrito Cristina Rojas posee enormes virtudes, como el perfilamiento de unos diálogos ágiles y que se esputan con naturalidad, como la amalgama de pareceres que se van arrastrando de manera muy medida a lo largo de su escrito o como ciertos símbolos encerrados, por ejemplo, en ese canino tan amado; no obstante, a la contra, si rascamos en ese ambiente propicio, en ese ritmo musical y brumoso que concita rencores y sinceridades, como en esos clásicos de la dramaturgia norteamericana ―Eugene O’Neill con Largo viaje hacia la noche o, más recientemente, Agosto, de Tracy Letts, por poner algunos ejemplos― nos topamos con una postura algo conservadora y trazada con unos cuantos personajes un poco estereotipados. Ante esta situación creo que podemos tomar dos caminos: observar lo que vemos desde la perspectiva de la protagonista, que es la propia Cristina Rojas; o tomarlo desde una perspectiva más omnisciente, donde la dramaturga haya cargado más las tintas en las mujeres y haya deshilachado a los varones. Sea como se quiera, el espectador tomará sus decisiones, el caso es que contamos con un preámbulo excesivamente musical, agolpado de unos primeros embates dialécticos algo ruidosos que, a pesar de ello, consiguen llamar nuestra atención por su franqueza y por un tono muy sagaz. Por una parte, descubrimos a la susodicha protagonista, preñada, nerviosa y con genio. Junto a su marido, un Homero Rodríguez que se ve arrastrado a esa reunión de Nochevieja en casa de los suegros y que se acomoda a las circunstancias ―será luego, sí, cuando tengo oportunidad de sacar algo de furia, cuando su mujer se suba un poco a la parra de las exigencias―; llevan consigo, claro, a su hija y a la otra protagonista, a Marisol, la perra. Por otro lado, está la hermana, que es encarnada por Raquel Mirón, con una destacada actitud y con una interpretación absolutamente resolutiva y brillante, pues parece muy segura de sí misma y lleva «los pantalones» en su matrimonio (también se imbuye en el papel de hija de su hermana, con igual soltura). Su marido es Javier Márquez ―lo seguimos recordando de La estupidez―, un tipo bonachón (profesor universitario) que, al igual que su concuñado, no le queda más remedio que aceptar los dictámenes de su mujer. Él mismo, incluso, se mete en la piel de su suegro, otro hombre sin sangre, sin enjundia. La abuela ―bastante jovencita― lo deja claro en uno de sus parlamentos: «los hombres es que no dan pa más». Algo que provoca risas. Si hubiera sido sobre las mujeres, otro gallo hubiera cantado. Mónica Mayén se maneja con maestría y expone sus opiniones con tanta sencillez como apostura en lo que dice. La repetición del esquema en las tres parejas resulta muy elocuente y llamativo por esa insistencia en demediar a los varones. Suenan canciones de Lole y Manuel, y de The Smashing Pumpkins entre otros; mientras los actores se cambian de ropa delante de nosotros para enmascararse en los otros papeles. Las conversaciones cruzadas van estableciendo el color de esa noche de celebración hasta que unos petardos asustan a Marisol. Esta huye, y es ahí cuando empieza una búsqueda desesperada que desencadena ciertas sensaciones. Es un hecho que supone una respuesta visceral, mayor que el propio disgusto en sí de perder a un animal tan querido. A partir de ahí la caterva de caracteres con los que se topan supone un catálogo algo tendencioso de la España rural, con su cazador, con su yonki de cobertizo abandonado, con otra embarazada bastante gritona, con una hippie y otros seres que funcionan como una confluencia cultural. La perra que no aparece es el dolor que genera el desapego espontáneo o forzado, esa angustia de no sentirte querido que puede aumentar en momentos de gran estrés y mirada segada cuando una está a las vísperas de parir. Aunque también observamos a tres mujeres ―sobre todo, las dos hijas― algo mal acostumbradas a ser las que lleven la voz cantante, a ser las que exigen la permanente atención y, a la postre, las que no se dan cuenta de que para dar hay que recibir. Ante todo, el espectáculo ofrece una factura atrayente, una atmósfera que estimula nuestra curiosidad, con instantes de humor y de distensión ―asimismo con elementos críticos en la habitual lucha entre las visiones masculinas y femeninas de la vida―, y con otros de auténtico desgarro emocional. El elenco trabaja con pericia y con cierto aire de improvisación. La escenografía de Alessio Meloni reparte decenas de espigas por un campo abierto, descuidado, perfecto para el escarceo y el escondrijo. Quizás el mensaje final sea consabido, eterno, si se quiere; pero no por ello deja de ser fundamental recordárnoslo.

La perra

Texto y dirección: Cristina Rojas

 

Elenco: Homero Rodríguez, Cristina Rojas, Raquel Mirón, Chema del Barco o Javier Márquez y Mónica Mayén

Ayudantía de dirección: Raquel Mirón

Diseño de escenografía: Alessio Meloni

Vídeos y Diseño de iluminación: Rocío Pin-Art

Músicas: Jose González, Lole y Manuel, Devendra Banhart…

Fotografías: David Sagasta, Daniel Pérez y Tino Yamuza

Diseño Gráfico: Omar Janaán

Distribución: Susana Rubio-Nuevos Planes Distribución

Comunicación: Gran Vía Comunicación

Una producción de tenemos gato

Sala Cuarta Pared (Madrid)

Hasta el 2 de noviembre de 2019

Calificación: ♦♦♦

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