Los Remedios

Una autoficción fulgurante y coral que perfila las biografías de sus dos actores a través del recuerdo de sus años en el barrio sevillano

Preguntarse por las raíces y encontrar que se entreveran por todo el ser, aunque uno pretenda enmascararse, huir, transformarse. En uno mismo está la genealogía entera de su familia y más allá. Como un psicoanálisis realizado por Jung repleto de capas donde un imaginario andaluz y, por ende, español, se apuntala como una idiosincrasia que se debe deconstruir para que no actúe como un amasijo informe de usanzas maltrechas o de hábitos tan irracionales como nocivos. Como una mirada hegeliana de la historia donde el pasado avanzara hacia el presente recogiendo por el camino unas influencias que se anquilosan en la tradición. Así se mezclan el folclorismo, los usos y costumbres, los estereotipos y una educación sentimental que configura toda una ética; pero también una estética. De esta manera, se elabora la ficción que ha puesto por escrito Fernando Delgado-Hierro con la aquiescencia de su compadre Pablo Chaves. Sabemos que son amigos de la infancia, que vivieron en el conservador y, por lo tanto, católico barrio de Los Remedios, esa Marbella de interior, de la ciudad de Sevilla. Por lo visto, solo contaban con dos colegios ―ambos concertados (dato fundamental)―, y ellos, lógicamente, acudieron a uno de ellos. El marco dramatúrgico viene aderezado con los habituales elementos de la autoficción y de la narraturgia que son las dos tendencias más acometidas en los últimos años ―en este sentido, nada nuevo―; sin embargo, la factura es tan virtuosa que los posibles clichés de ambos esquemas quedan subsumidos por el torbellino de estos ambos intérpretes. El ritmo que le ha metido Juan Ceacero en su dirección nos deja claro que la preparación y los ensayos han debido ser bien duros. La ironía se impone desde que toman sus micrófonos y desde que repasan en una pantalla viejos vídeos y fotos de su niñez y adolescencia. Y cuando uno piensa que serán ellos en primera persona quienes narrarán todo su relato, la metamorfosis estalla en una sátira que posee momentos verdaderamente descacharrantes. Sin mucho cambio de vestuario, se pasean sus hermanos, sus padres, algún profesor, la abuela y su comadre; también algún camarero «soliviantado». De esta manera, generan, en un momento determinado, un carrusel hilarante propio de esos shows cómicos de travestismo interminable. Y aunque es cierto que el itinerario posee un engrudo de recuerdos, de sensaciones y de vivencias que nos traen la Semana Santa y la Feria de Abril, pero también los amores platónicos que apenas cura el tiempo, nos topamos con algún sketch al estilo de Los Morancos, que resulta algo chusco. No falta la crítica política de estos dos tipos educados en los pechos del postfranquismo rodeados de cristos, vírgenes y banderas que se resisten a sustituir la «gallina». Lo realizan todo con tal desparpajo que por un instante uno es incapaz de estar prevenido. Porque el trabajo actoral es magnífico. Fernando Delgado-Hierro se queda con más personajes y carga con un poco más de peso ―tampoco mucho más― que su compañero, y se afana con verdadera pasión, modulando entre la ternura y la cercanía con los fantasmas o con la expresión esperpéntica y repleta de comicidad en algunas imitaciones. Ya lo habíamos disfrutado en otras obras como Cuando caiga la nieve y, sobre todo, en una propuesta que, en gran medida, comparte procedimientos con esta, Scratch; ahora mantiene esa línea ascendente y profesional en su forma de proceder. Por su parte, Pablo Chaves, no se queda, ni mucho menos atrás, y despliega todas sus capacidades para exprimirse al máximo e inmiscuirse en un relato, que es el suyo propio, entretejido con la autoparodia y esa amargura que además se va dejando de fondo sobre la soledad y ese reencuentro auténtico con tu auténtica sexualidad. Todo lo representan a muy pocos metros de distancia, en una tensión fenomenal que no decae. La escenografía, carpetovetónica y kitsch, puro españolismo retrógrado de televisor como un altar, incrustado como en retablo de suvenires horteras y recuerdos acartonados que ha diseñado Paola de Diego con plena coherencia. Y como Los Remedios es una obra que quiere ir un poco más allá, remata la jugada ―con exceso y planteamiento un poco recargado― con una penetración onírica, con un diálogo performativo sobre las muescas y esquirlas en el cuerpo que ese espíritu del pueblo ha dejado en su dermis. Gestos repetitivos, santiguamientos hasta el infinito como símbolo de la fe impuesta dogmáticamente y la casi posesión diabólica hasta el exorcismo, suponen un desenlace efectista y pertinente. Quizás extiende en demasía la obra y señala de manera redundante esa angustia o extrañeza en el cuerpo de la experiencia, de la madurez, de la libertad y del vértigo que implica tomar decisiones. Lo que nos deja claro este montaje es que uno puede intentar renunciar a sus raíces, a sus orígenes, a su educación primigenia y emocional a través de la búsqueda de alternativas, del viaje, del estudio o de la negación en sí misma; pero pronto comprobará que existe una esencia en él, tan visceral, que nunca podrá escapar del todo. Es de esperar que esta obra tenga un largo recorrido; porque es de lo mejor de esta temporada.

Los Remedios

Texto: Fernando Delgado-Hierro

Dirección: Juan Ceacero

Reparto: Pablo Chaves y Fernando Delgado-Hierro

Ayudante de dirección: Majo Moreno

Vestuario y escenografía: Paola de Diego

Iluminación: Juan Ripoll

Diseño gráfico: Celinda Ojeda

Comunicación: Cristina Anta

Fotografías: La Dalia Negra

Producción: Guillermo Carnero

Sala Exlímite (Madrid)

Hasta el 2 de noviembre de 2019

Calificación: ♦♦♦♦

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