Hombres que escriben en habitaciones pequeñas

Antonio Rojano firma esta parodia a la española sobre espías que dirige Víctor Conde en el Teatro María Guerrero

Foto de marcosGpunto

Las parodias sobre espías frecuentemente sirven para entretenernos con la hipérbole fantasiosa de la conspiración. Dependiendo de dónde vengan los aires se emplearán, por ejemplo, para criticar alguna situación política (véase el caso de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú) o, directamente, se utilizarán para crear una obra de acción fulgurante (véase Kingsman), pero sin mayor enjundia. Para nuestro caso, nos toca como referente Mortadelo y Filemón. Y es que los cómics, las películas ochenteras o los programas de Cuarto Mileno se conjugan en Hombres que escriben en habitaciones pequeñas. Y si hallamos algunas citas e indirectas a nuestros presos políticos/políticos presos o a la alargada sombra del comisario Villarejo que podrían servir como telón de fondo de una profundización mayor sobre las agencias de inteligencia; lo que cierto es que no podemos más que quedarnos en el mero pasatiempo. Es otra vez el español bajito y regordete que se enviste de héroe cutre, algo entrañable y, a la postre, patético y, sobre todo, quijotesco después de haber querido ser Sancho Panza en su modestia. No es la primera vez que Antonio Rojano se inmiscuye en estos embrollos. Ya lo hizo con Windsor y, sobre todo, con La ciudad oscura, aquella extraordinaria creación que se representó precisamente en la misma sala que ahora acoge su nueva creación. Pero, en este caso, uno tiene la impresión de que el dramaturgo ha tenido que acomodarse en sus ansias indagadoras ―como ha venido haciendo en sus últimos proyectos― y se ha volcado hacia una postura más complaciente con un público amplio. No parece, por lo tanto, azaroso ni el elenco ni el director. De este último, Víctor Conde tuvimos noticia hace par de temporadas con Venus (con texto y dirección suyas); aunque su currículum nos habla de alguien con trabajos que muy poco tienen que ver con los escritos de Rojano. Sea como sea, la cuestión es que nos encontramos en un sótano maloliente (cada vez que alguien tira de la cadena en los pisos superiores es pertinente echar ambientador). La escenógrafa Bengoa Vázquez ha recurrido al empapelamiento propio de esos pisos clandestinos o de esas oficinas de los detectives e investigadores obsesionados con acumular todos los documentos posibles de un caso (si uno se fija bien descubrirá portadas y fotos paradigmáticas de asuntos célebres, también algún guiño humorístico como situar al productor de la obra como sospechoso). Estéticamente funciona, porque genera la sensación de embarullamiento hacia la que vamos. Inicialmente nos topamos con Cristina Alarcón, quien ejerce con su soltura de agente dedicada a desentrañar informes, aunque lo haga como si fuera una oficinista cualquiera jugueteando en la burocracia; y con Angy Fernández, la conocida cantante, que ahora se atreve con el teatro ―nada menos que en el Centro Dramático Nacional―, y lo cierto es que está un poco tiesa. También es verdad que su papel es el menos lucido, como becaria «especializada» en traducciones chinas ―se ha formado en Usera en unos cursillos―. Digamos que está correcta. Los actores que verdaderamente comandan la función son los otros dos intervinientes. Esperanza Elipe, una actriz absolutamente bregada en las sitcom españolas (tantos sketches en Camera Café) y muy dispuesta para la comicidad con sus habituales gestos de fina ironía, con el esbozo serio de su sonrisa. Se sabe manejar muy bien y aquí domina la situación a la perfección, es la jefa y parece decidida a llevar a cabo un caso complejísimo: se ha filtrado una información secreta del gobierno chino que revela un viaje al pasado de nueve minutos realizado por un delfín. Además, resulta que un escritorzuelo de esos que se autoeditan en Amazon (ese reducto de literatos fracasados) ya «había anticipado» en una de sus novelas el procedimiento a seguir para lograr ese viaje en el tiempo. Pues dicho y hecho, Secun de la Rosa queda secuestrado por estas tres agentes, las K L M (según su nombre en clave). Es, entonces, cuando el actor perpetra el discurso ―algo largo y excesivo― central del montaje, con la escena en la que se encarga de resumir su novela autopublicada. Por supuesto, es una historia rocambolesca, increíble y que sirve para caricaturizar al conjunto de las conspiraciones, las paranoias y las invenciones que tanto atractivo generan en cierto tipo de público y de lector. Este fragmento, sin duda, es el mejor y el intérprete reparte su colección de mohínes, de amaneramientos y de entonaciones entre bobaliconas, tímidas y explosivas de entusiasmo. Una retahíla interminable de detalles curiosos, llamativos y risibles en muchos instantes, que demuestran una escritura bien trabada y humorística. Aunque al resto de la obra le falta chispa y un ritmo más ágil que nos someta en el zigzagueo del divertimento. Eso se observa en la longitud de algunas escenas, como la primera. Porque una vez que asumimos que estamos ante una peripecia de ficción paródica y que no podemos exigir honduras conceptuales; al menos podemos solicitar más fulgor para que el clímax final sea más explosivo y no tan esperable. El texto de Antonio Rojano, en alguna medida, se puede relacionar con algunas propuestas que han surgido en los últimos años como Las crónicas de Peter Sanchidrián, de Jose Padilla. Hombres que escriben en habitaciones pequeñas aspiraba a sondear humorísticamente las mentes de esos lobos solitarios que surgen de los lugares más insospechados y de los individuos más inesperados; pero no consigue fraguar una función suficientemente perfilada en su intención.

Hombres que escriben en habitaciones pequeñas

Autor: Antonio Rojano

Director: Víctor Conde

Reparto: Cristina Alarcón, Esperanza Elipe, Angy Fernández y Secun de la Rosa

Escenografía: Bengoa Vázquez

Iluminación: Lola Barroso (AAI)

Vestuario: Anaïs Zebrowski

Ayudante de dirección: Cris Lozoya

Coproducción: Centro Dramático Nacional, Entrecajas Producciones Teatrales, Avance Producciones y García-Pérez Producciones

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 17 de noviembre de 2019

Calificación: ♦♦

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